El pasado 19 de abril, el Club Montañero Sierra del Pinar volvió a escribir una de esas páginas que se guardan con cariño en la memoria.
La mañana comenzó con la calma de lo cotidiano, salida prevista a las 8:15. Algunos quedamos en la Venta Pinto, prólogo tan nuestro de cafés compartidos y tostadas. Poco después, como si de un ritual se tratara, nos dimos cita en la rotonda de la Mangueta, punto de encuentro y arranque de una jornada que prometía sencillez y belleza, donde las primeras risas y saludos templaron el ánimo antes de echar a andar.
Tomamos la pista, un camino de unos tres kilómetros que se abría ante nosotros como una invitación pausada hacia la carretera de San Ambrosio. El calor comenzaba a hacerse notar, pero la arboleda, generosa, nos regalaba sombras y brisas que acariciaban el rostro, aliviando el paso y el espíritu.
Apenas iniciada la marcha por la carretera, una construcción llamó nuestra atención: allí, algunos ibis encontraban refugio, como si también ellos quisieran ser testigos de nuestro paso. Poco después, el desvío a la derecha nos adentró en el pinar de La Breña, donde la ruta empezó a mostrarnos su carácter.
El Parque Natural de La Breña y Marismas del Barbate es uno de esos lugares donde la naturaleza parece haber querido concentrar, en un espacio relativamente pequeño, una enorme variedad de paisajes y sensaciones. En definitiva, La Breña no es solo un parque; es un pequeño mosaico natural donde cada paso cambia el escenario, pero mantiene siempre una misma sensación: la de estar en un rincón privilegiado de la costa gaditana.
Siguiendo nuestro camino, la arena, traicionera, hacía más dura la cuesta, ralentizando el caminar y obligándonos a medir cada paso.
Hubo pausas, necesarias y agradecidas. Momentos para mirar, para respirar, para dejar que la vista se perdiera en el horizonte. Entre pinos y flores silvestres, el paisaje se vestía de colores y aromas que embellecían cada rincón. Otra parada, esta vez para reponer fuerzas, para reagrupar energías y seguir adelante con renovado ánimo.
Desde uno de esos altos, la recompensa: la silueta del Faro de Trafalgar recortándose en la distancia y, sobre el cielo, las velas de los parapentes dibujando trazos de libertad. Fue un instante de esos que invitan al silencio, y a las fotos
El camino, caprichoso, nos sorprendió con un enjambre de abejas cruzando nuestro paso, recordándonos que no éramos los únicos habitantes de aquel entorno. Continuamos, no sin algún despiste que nos hizo salir momentáneamente del sendero, pero siempre con el grupo unido, como debe ser.
La bajada nos condujo finalmente hasta Caños de Meca, donde la tradición manda: una cerveza bien fría en el camino hacia el faro. En un bar junto a las dunas, encontramos cobijo para compartir nuestras viandas, risas y ese descanso que sabe mejor después del esfuerzo.
Y así, con la tarde cayendo suavemente, sobre las cuatro emprendimos el regreso por el carril bici, que nos llevó de nuevo al punto de partida, cerrando el círculo de la jornada.
Fue un día de contrastes: calor y viento de levante, esfuerzo y calma, silencio y conversación. Pero, sobre todo, fue un día de buena compañía, de pasos compartidos y de esa tranquilidad que solo se encuentra en el camino.
Texto: José Antonio Sánchez (Yiyi). Fotografías: Paco Nova



































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