El pasado 14 de agosto, cuando el calor del verano todavía se hacía notar durante el día, el grupo Montañero se echó al monte con un propósito muy especial: buscar las Perseidas y pasar una noche bajo el cielo de Grazalema.
La actividad tenía dos puntos de encuentro. A las 17:30 horas, en Carrefour Norte, para quienes salían juntos en coches particulares, y a las 19:00 horas, directamente en el aparcamiento del Tajo del Rodillo, en Grazalema, donde comenzaría nuestra caminata.
Poco a poco, con la tranquilidad que requiere una tarde de verano en la montaña, fuimos ganando altura en dirección al puerto de Las Presillas. El caminar fue pausado, disfrutando del paisaje y de esa luz especial que anuncia que el día comienza a despedirse. Todavía con el sol iluminando las montañas, alcanzamos los Llanos de Elendrina.
Y allí llegó el momento de dividirnos en dos grupos.
Uno de ellos, dirigido por Carmen, eligió el silencio como compañero de camino. Una forma diferente de vivir la montaña, avanzando despacio, en calma, dejando que los sonidos del entorno y nuestros propios pensamientos ocuparan el espacio.
El otro grupo, algo más dicharachero —por decirlo suavemente—, continuó el camino entre conversaciones, risas y ese ambiente de compañerismo que tantas veces acompaña nuestras salidas.
A partir de los Llanos de Elendrina, el sendero se hacía quizá algo más largo, pero también menos exigente en cuanto a pendiente. Avanzamos sin demasiadas dificultades, disfrutando de cada paso y de un paisaje que, poco a poco, comenzaba a cambiar de color.
Al acercarnos al final del puerto de Las Presillas, tuvimos además un encuentro inesperado. Varias cabras monteses, perfectamente adaptadas a aquellas alturas, nos observaban desde la montaña con esa mezcla de curiosidad y tranquilidad que parecen tener quienes saben que aquel territorio les pertenece.
El primer grupo tuvo que esperar al segundo, pues algunos compañeros avanzábamos a un ritmo algo más tranquilo. La tarde comenzaba a caer y la luz se iba apagando cuando finalmente continuamos nuestro camino.
Ya con la noche encima, nos dirigimos hacia unas grandes rocas donde nos esperaba otro pequeño grupo de compañeros. Ellos habían salido desde el puerto del Boyar algo antes y habían elegido aquel lugar como punto de encuentro.
Y allí comenzó realmente la magia de la noche.
Sobre aquellas enormes piedras, en plena montaña y lejos de las luces de las ciudades, levantamos la mirada hacia un cielo que parecía infinito. Era el momento de las Perseidas.
Pero aquella noche no solo íbamos a mirar estrellas.
Tuvimos también la suerte de contar con un pequeño taller de astronomía de la mano de Carmen y Jesús, que nos fueron descubriendo el cielo que teníamos sobre nuestras cabezas. Nos enseñaron a reconocer estrellas y constelaciones que, aunque muchas veces están ahí cada noche, pasan inadvertidas cuando vivimos rodeados de luces.
Y así, entre explicaciones, conversaciones y silencios, fuimos esperando que aparecieran esas pequeñas luces que cruzaban el firmamento durante apenas un instante.
Las Perseidas son precisamente eso: instantes fugaces que duran lo suficiente para que uno pueda pedir un deseo.
La noche avanzaba. Eran aproximadamente las once y media, quizá cerca de la medianoche, y llegó el momento de comenzar el descenso hacia el puerto del Boyar.
Una vez allí, el grupo se reorganizó. Una parte de los compañeros continuó hacia los vehículos que estaban en el puerto del Boyar, mientras que el resto emprendimos el camino de regreso hacia el aparcamiento del Tajo del Rodillo, ya en las proximidades de Grazalema.
A partir de ese momento, la bajada resultó mucho más cómoda. La noche nos acompañaba mientras descendíamos tranquilamente, ya sin las exigencias de la subida y con la satisfacción de haber vivido una experiencia que, sin duda, quedará entre esas salidas que se recuerdan durante mucho tiempo.
Atrás quedaban el cielo estrellado, las grandes piedras donde habíamos contemplado las Perseidas y unas horas difíciles de explicar con palabras. Porque hay actividades que no se miden en kilómetros ni en desnivel. Se miden en momentos compartidos.
Aquella noche fue una de ellas.
Caminar por Grazalema cuando todavía había luz, ver desaparecer lentamente el día, encontrarnos con las cabras monteses, dividirnos en grupos con distintas maneras de vivir el camino y terminar todos juntos bajo un cielo lleno de estrellas convirtió aquella salida en algo más que una ruta.
Fue una noche de montaña, de amistad y de cielo.
Y quizá esa sea una de las mejores cosas de pertenecer a un grupo montañero: saber que, algunas veces, el objetivo no es llegar más lejos ni subir más alto.
A veces basta con caminar juntos hasta encontrar un lugar desde el que mirar las estrellas.
Texto; José Antonio Sánchez (Yiyi)
Fotos: Paco Nova, Pepe Contero, Lola Rodriguez y Yiyi
















































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