Cuando arde la montaña, todos perdemos


21 julio 2026

Sigo con enorme tristeza la evolución de los grandes incendios que están castigando España. El devastador incendio de Guadalajara, que ya ha arrasado decenas de miles de hectáreas y ha obligado a desalojar numerosos municipios, y el de las Cinco Villas, en el Prepirineo aragonés, que ha consumido una inmensa superficie forestal, nos muestran la dimensión de una tragedia que va mucho más allá de las cifras.

Como montañero, siento una profunda desolación al contemplar estas imágenes. Quienes recorremos senderos, bosques y cumbres sabemos que un monte no es solo un paisaje. Es vida, refugio para la fauna, patrimonio natural, historia y memoria. Ver cómo las llamas devoran pinares, hayedos y montañas de una belleza incalculable produce una sensación de impotencia difícil de describir.

España siempre ha sufrido incendios forestales. Nadie puede negarlo. Pero también es evidente que las condiciones en las que hoy se producen son cada vez más extremas. Las altas temperaturas, las largas sequías y los episodios meteorológicos cada vez más intensos favorecen incendios de un comportamiento mucho más violento y difícil de controlar. La comunidad científica lleva años advirtiendo de que el cambio climático incrementa el riesgo y la gravedad de estos grandes incendios forestales. Ignorar esta realidad o negar las evidencias no ayuda a proteger nuestros montes ni a quienes arriesgan su vida combatiendo el fuego.

Ahora que ya ha pasado la euforia del Campeonato del Mundo y recuperamos poco a poco la normalidad, quizás sea el momento de volver la mirada hacia lo verdaderamente importante. Todos debemos implicarnos: administraciones, científicos, profesionales forestales y ciudadanos. Es imprescindible invertir en prevención, gestionar mejor nuestros bosques, apoyar al mundo rural y adoptar medidas que contribuyan a frenar el cambio climático. No podemos resignarnos a contemplar cada verano la misma tragedia.

Resulta especialmente doloroso ver cómo arden parajes del Prepirineo, una tierra de extraordinaria belleza, donde tantas personas hemos disfrutado caminando entre bosques, barrancos y montañas. Cada hectárea que desaparece tardará décadas en recuperarse, si es que alguna vez vuelve a ser la misma.

Ojalá esta tragedia sirva para despertar conciencias. Porque cuando arde un bosque, no solo se queman árboles: se pierde biodiversidad, paisaje, cultura y una parte de nosotros mismos. Cuidar la naturaleza no es una opción ideológica; es una responsabilidad colectiva y una obligación con las generaciones que vendrán.

Sigo con enorme tristeza la evolución de los grandes incendios que están castigando España. El devastador incendio de Guadalajara, que ya ha arrasado decenas de miles de hectáreas y ha obligado a desalojar numerosos municipios, y el de las Cinco Villas, en el Prepirineo aragonés, que ha consumido una inmensa superficie forestal, nos muestran la dimensión de una tragedia que va mucho más allá de las cifras.

Como montañero, siento una profunda desolación al contemplar estas imágenes. Quienes recorremos senderos, bosques y cumbres sabemos que un monte no es solo un paisaje. Es vida, refugio para la fauna, patrimonio natural, historia y memoria. Ver cómo las llamas devoran pinares, hayedos y montañas de una belleza incalculable produce una sensación de impotencia difícil de describir.

España siempre ha sufrido incendios forestales. Nadie puede negarlo. Pero también es evidente que las condiciones en las que hoy se producen son cada vez más extremas. Las altas temperaturas, las largas sequías y los episodios meteorológicos cada vez más intensos favorecen incendios de un comportamiento mucho más violento y difícil de controlar. La comunidad científica lleva años advirtiendo de que el cambio climático incrementa el riesgo y la gravedad de estos grandes incendios forestales. Ignorar esta realidad o negar las evidencias no ayuda a proteger nuestros montes ni a quienes arriesgan su vida combatiendo el fuego.

Ahora que ya ha pasado la euforia del Campeonato del Mundo y recuperamos poco a poco la normalidad, quizás sea el momento de volver la mirada hacia lo verdaderamente importante. Todos debemos implicarnos: administraciones, científicos, profesionales forestales y ciudadanos. Es imprescindible invertir en prevención, gestionar mejor nuestros bosques, apoyar al mundo rural y adoptar medidas que contribuyan a frenar el cambio climático. No podemos resignarnos a contemplar cada verano la misma tragedia.

Resulta especialmente doloroso ver cómo arden parajes del Prepirineo, una tierra de extraordinaria belleza, donde tantas personas hemos disfrutado caminando entre bosques, barrancos y montañas. Cada hectárea que desaparece tardará décadas en recuperarse, si es que alguna vez vuelve a ser la misma.

Ojalá esta tragedia sirva para despertar conciencias. Porque cuando arde un bosque, no solo se queman árboles: se pierde biodiversidad, paisaje, cultura y una parte de nosotros mismos. Cuidar la naturaleza no es una opción ideológica; es una responsabilidad colectiva y una obligación con las generaciones que vendrán.

 

 

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Club Montañero Sierra del Pinar

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