13,14 y 15 de marzo 2026

El fin de semana comenzaba incluso antes de pisar la montaña. El viernes, en primer lugar, salíamos sobre las cuatro menos cuarto de la tarde, aunque, como suele ocurrir, algunos grupos se adelantaron y otros salieron algo más tarde. Poco a poco, todos fuimos confluyendo hasta encontrarnos en La Arquería de Los Lentos en Nigüelas, en ese punto de encuentro donde nos alojábamos una parte del grupo, donde nos reunimos para compartir las primeras impresiones del viaje.

Allí, ya más relajados, nos tomamos unas cervezas, comentamos la jornada prevista y dejamos acordada la salida del día siguiente. El ambiente era inmejorable: reencuentros, risas y esa ilusión previa que siempre acompaña a una buena ruta de montaña.

Al día siguiente, tras desayunar, salimos sobre las nueve de la mañana rumbo al inicio del sendero de la Silleta de Padul, donde nos esperaban nuestros guías, Fernando y Manolo, dos veteranos del Club Montañero Universitario de Granada.

Aquella jornada tenía nombre propio: la ruta de la Silleta de Padul, un recorrido que prometía variedad de paisajes y que, desde el primer momento, no defraudó.

Al principio el tiempo parecía que nos iba a respetar. El cielo estaba cubierto por una fina capa de nubes altas que dejaban pasar una luz suave, casi plateada, ideal para caminar sin el castigo del sol. El aire, fresco y limpio, bajaba desde las cumbres recordándonos que estábamos en esa otra Sierra Nevada, menos conocida pero igual de imponente.

Tras salir desde la Ermita Nueva, en el término de Dílar, los primeros pasos nos llevaron por un entorno amable y abierto, caminando entre almendros y olivares. Era un comienzo suave, casi bucólico, con ese contraste tan andaluz entre la montaña cercana y los cultivos tradicionales.

Una vez superado este tramo inicial, el terreno cambió. Comenzamos una subida continua, no excesivamente inclinada, pero sí constante, de esas que van poniendo a prueba las piernas poco a poco. El grupo mantuvo un ritmo cómodo, bien guiado por Fernando y Manolo, cuya experiencia se hacía notar en cada decisión.

Al cabo de un tiempo, hicimos un descanso más que merecido. Desde ese punto, las vistas eran simplemente espectaculares: una panorámica amplia de Sierra Nevada que nos dejó a todos en silencio durante unos instantes. Fue uno de esos momentos que justifican cualquier esfuerzo.

Tras reponer fuerzas, continuamos la marcha en dirección a la Silleta de Padul. El paisaje iba cambiando a medida que ganábamos altura, y al alcanzar el punto geodésico de la zona, el tiempo ya había dado un giro notable. La niebla se había cerrado, espesa, envolviéndolo todo, y el frío se hizo intenso, obligándonos a abrigarnos bien. La visibilidad se redujo, y el ambiente adquirió ese toque de montaña seria que impone respeto.

Desde allí iniciamos el descenso hacia uno de los puntos más curiosos de la ruta: la Piedra Ventana. Este lugar, emblemático y casi juguetón en su forma, nos recibió como un mirador natural. A través de sus huecos y formaciones, podíamos contemplar unas vistas magníficas de los pueblos del valle, un contraste precioso entre la rudeza de la roca y la vida que se extiende abajo.

 Seguimos avanzando por los senderos, tomando el conocido sendero de los Guadaris, que nos condujo hasta la Ermita de Vieja. Allí hicimos una parada más larga, dedicada a la comida. Compartimos alimentos, risas y sensaciones, en ese ambiente de compañerismo que siempre surge en mitad de la montaña, frio, mucho frio.

Una vez terminada la comida, ya sobre las tres y algo de la tarde, retomamos la ruta. El descenso que nos esperaba tenía su dificultad: una bajada algo técnica en algunos tramos, que nos obligó a extremar la precaución. Aun así, el grupo respondió perfectamente, ayudándose en los pasos más delicados.

Poco a poco fuimos perdiendo altura hasta regresar de nuevo a la zona de almendros donde había comenzado nuestra aventura, cerrando así un recorrido circular de aproximadamente 14 kilómetros.

No faltaron, al final, los agradecimientos: a Fernando y a Manolo, por su magnífica labor como guías; a Faustino, por la excelente organización de la ruta para el club montañero Sierra del Pinar; y, por supuesto, a Ita, por encargarse con tanto acierto de todo lo relacionado con el alojamiento, haciendo que la experiencia fuera redonda dentro y fuera del sendero.

Fue, sin duda, una jornada completa: paisaje, esfuerzo, meteorología cambiante y, sobre todo, la satisfacción de compartir montaña con buena gente.

Autor: José Antonio Sánchez (Yiyi)


Club Montañero Sierra del Pinar

Subiendo montañas desde 1971

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