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El hombre del Saco - Ángel Martínez García

Detalles

EL HOMBRE DEL SACO.

(APROXIMACIÓN SIN PRETENSIONES A UN CUENTO)

 

Ángel Martínez García

https://www.facebook.com/fresnomagaromi

Montejaque, Andalucía, España

Octubre, 2013

 

 ¿Os imagináis?

 

 Andaba el hombre del saco caminando por los senderos incognoscibles de la vida. Durante más de una vida solo había caminado sin cesar.

 

 A veces, se sentaba en una piedra a descansar a la sombra de cualquier fresno, quedándose extasiado con el entorno. Miraba el cielo que cubría sus montañas, y su mirada se perdía en el infinito. Sentía la tierra bajo sus pies descalzos que le transmitía mensajes transfiriéndole la vida.

 

 Respiraba los aromas inconfundibles del bosque y sus pulmones se llenaban de múltiples fragancias. Oía, escuchando, el viento y el trino de los pájaros. Gustaba, disfrutaba, de la Vida.

 

 Respirando hondo, poco a poco, con suavidad, y, mucha delicadeza, abrió el saco y metiendo su mano, sacó el contenido. ¡¡¡Era un libro!!!

 

 El libro era como un viejo códice, de tapas duras de color azul. En su lomo se podía leer “Libro del mensajero” con unas letras grabadas a fuego. Buscó más adentro y volvió a sacar su mano llena. ¡¡¡Era un lápiz!!! Un lápiz que escribía en azul. El Hombre del Saco, aspiró el aire mágico de la mañana, llenando de vida sus pulmones. Miro el libro y lo abrió. En su primera página, ponía… Libro de Vida del Mensajero: Anotaciones más íntimas de una existencia infinita. Recuento de los hechos positivos y experiencias acaecidos durante el trayecto.

 

 El hombre cerro sus ojos, y, su mano, dejo deslizar la punta del lápiz sobre el libro, abierto en una página en blanco. Comenzó a escribir con una caligrafía antigua, arcaica, desusada. Cada letra relucía en azul.

 

 El sabía lo que tenía que hacer. Cada vez que descansaba estaba obligado a escribir sus secretos más íntimos. Aquellos secretos que solo él conocía sobre sus sentimientos, sus errores, sus aciertos, penas y alegrías. Aquel libro recogía sus pensamientos, sus verdades y sus mentiras. Sus amores, sus dudas, sus risas, sus llantos. Todo aquello ligado a su mente, su corazón y sus tripas. También su historia y la Historia.

 

 Escribía cada vez que se sentaba a descansar, las pocas veces que descansaba. Sabía, o mejor intuía, que no había mucho tiempo, y sin embargo lo había, desde que nació a la vida. Por ello, pocas veces se detenía. Solo paraba en cada etapa, en cada ciclo, en aquellos momentos de cambio presentido. El Hombre del Saco escribía y escribía el resumen de la última década en su mágico libro. El lápiz, enlazaba las letras, y, estas, las palabras, y, las palabras, el sentido de las frases que plasmaba su alma de color azul.

 

 Después de un buen rato cesó de escribir. Tranquilamente cerró el libro. Guardándolo, con el lápiz, en el saco. Miró a sus montañas y se puso a caminar de nuevo, tranquilamente con su saco al hombro. Sabía que había comenzado a caminar de nuevo.

 

 Su cara era radiante, su paso firme, su voluntad férrea… ¿hacia dónde caminas? le preguntó el Águila, su compañera. El la miró… y respondió: ¡¡¡A donde la vida me lleve amiga!!!

 

 Después de mucho caminar, se sentó sobre una piedra, y, al sol, contempló sus montañas. Unas mariposas revolotearon cerca. Bajó la mirada al suelo al depositar su morral, y vio unas hormigas presurosas con su última carga cerca del hormiguero. Un poco más lejos contempló un escarabajo que empujaba su esfera. El tiempo estaba cambiando.

 

 Depositó su saco en el suelo y sacó su añejo Libro de la Vida y el Lápiz que escribía en azul. Comenzó a escribir. Sintió que el sol se marchaba y cómo una ligera brisa acariciaba su mejilla. Levantó la vista, y, a lo lejos, contempló sus montañas.

 

 Las nubes suavemente se acostaban sobre ellas. El gris de las calizas se confundía con el gris marengo de las nubes. Como dándoles ternuras, las nubes las abrazaban, las poseían, acariciando cual senos sus cimas y penetrándolas hasta el fondo de sus dolinas. Era como un abrazo de amor, de complicidad, de amistad y de cariño. Las nubes caían por las laderas, agasajándolas, humedeciéndolas, llenándolas del agua de la Vida en todas sus oquedades.

 

 Pronto se confundieron, montañas y nubes se hicieron una. Se ocultaron en una masa compacta gris oscura y comenzó a llover. Las mariposas, las hormigas y el vetusto escarabajo habían desaparecido.

 

 El Hombre del Saco, guardo tranquilamente el viejo códice y su lápiz, mientras recibía las primeras gotas de agua en su mejilla. Ya había escrito sus palabras mágicas en el. Cargó con su saco al hombro continuando el camino y gozando del espectáculo de la lluvia que fecundaba la tierra. Se embriagó del olor de la tierra mojada y del ruido de la lluvia al caer.

 

 El águila le guiño un ojo, mientras descendía del lugar. Él sonrió.

-Pronto estará aquí el invierno- pensó el hombre del saco continuando el sendero…

 

Dejo de llover y los rayos del sol se colaban entre las nubes. Un cervatillo levanto la vista. Olisqueo el aire y volvió la cabeza para contemplar cómo se acercaba el Hombre del Saco. Aun cuando el cérvido era joven, el hombre ya lo había visto en varias ocasiones, cuando pastaba con su madre, inmersas en la manada y descansando en las apartadas cumbres.

 

 Su madre le había transmitido al cervatillo que debía confiar en el Hombre del Saco. Le había advertido contra otros hombres – no todos eran iguales- pero este era diferente. Durante toda la vida de la especie siempre lo habían contemplado transitando por las montañas.

 

 El Hombre del Saco lo miro al pasar y le dirigió una sonrisa, mientras el joven ciervo volvía su cara indiferente, para beber el agua fresca y transparente que manaba de la fuente.

 

 El hombre transitaba a su ritmo. Había dejado el polje del Zurraque atrás hacia rato, y, al pasar junto a la sima Pití, contempló la brecha que su maestro le había enseñado. Recordó el día, cuando en el paleolítico la habían encontrado por primera vez, mientras perseguían un rastro. No hacía mucho, la habían vuelto a ver y explorar juntos, en una tarde de soleada la pasada primavera a instancias de su maestro.

 

 El Hombre del Saco vislumbró el polje del Pozuelo y apretó su zancada hacia el centro, abandonando la masa forestal que le rodeaba, para coger por la derecha hacia la Escalereta. Observo desde abajo la cima del Ventana y volvió a ocultarse bajo las encinas y alcornoques. Más tarde, llego a la Era Mágica donde había bailado, en multitud de ocasiones, en los distintos solsticios, encomendándose al Gran Arquitecto del Universo, en una comunión inequívoca e invocando los poderes del Cielo y de la Tierra.

 

 Se sentó al llegar en una piedra plana y sacó de su saco el Libro de la Vida.

 

 El libro era de tapas de madera de sauce. Sus primeras páginas de arcillas, metálicas, de pieles, de papel amarillento… y escritas con signos ideográficos, pictográficos, cuneiformes o viejas runas… en céltico e ibero, griego, latín, árabe, castellano arcaico, y en las lenguas que los hombres de hoy hablan. Su escritura siempre era de color azul, simple en sus trazos, y, alejada de los modos del Medioevo en que los monjes escribían en sus viejos Códices.

 

 El hombre anotó algo en el. ¿Quizás la mirada del cervatillo? ¿Quizás el agua clara que manaba de la fuente? ¿Quizás presentía el Santuario cercano? Un rayo de sol le aviso que debía continuar.

 

 Levantándose continúo el camino… El Águila emitió un sonido advirtiéndole, y el hombre levanto la cabeza. Podría llover de forma inminente y se desvió hasta el abrigo de los Aljaques donde podría refugiarse de la lluvia...

 

 El Hombre del Saco estaba lejos de sus fresnos. El rio del Oro o el arroyo de los Álamos quedaban distantes. Por lo cual decidió acercarse al abrigo más próximo. Apretó el paso pues comenzaba a caer una copiosa lluvia del cielo encapotado. Ataco el sendero que pasaba junto a la Cueva de las Terrizas para caer por encima del abrigo de Los Aljaques.

 

 Mientras caminaba con cuidado, descendiendo la ladera que se abría a su derecha, pensó en los fresnos.

 

- Amiga Águila, creo que la unión de antaño, del hombre con la naturaleza, la perdimos y estamos en la obligación de recuperarla.

 

 Y comenzó a hablar con su acompañante.

 

-El fresno es un árbol mágico, -todos los son, sea cual sea su especie- y he tenido buenas vivencias de momentos pasados junto a él, en lugares como La Sauceda, los ríos Hozgarganta, Campobuche, Guadiaro, Genal… la cueva de la Motilla, Parralejo o Ramblazo… y otros muchos a lo largo de mi vida por la geografía serrana, de estas y otras latitudes. He sabido, que el Universo era percibido antes de las religiones monoteístas, como un todo orgánico y vivo del cual la humanidad es parte sustancial del mismo, afirmándose la unión intima del hombre con la naturaleza, pero cuando estas religiones -las Religiones del Libro- aparecen, se rompió el principio de esta armonía-

 

El Águila- su compañera- lo seguía, mientras planeaba a su lado, atenta a su explicación.

 

-Te diré, que muchos pueblos antiguos vivían en torno a los árboles. La palabra se confiaba al Árbol Sagrado del lugar o Árbol del Concejo. El roble en la antigüedad era el árbol sagrado por excelencia. La encina lo fue para los aqueos. También los viejos iberos supieron crear sus lugares sagrados, en medio de arboledas, junto a manantiales y cuevas. Era conocido el fresno como Nión por los antiguos celtas. De fresno eran las varas druídicas descubiertas en el yacimiento de Anglesey con decoraciones espiraladas… - ya me parecía a mi - El fresno era el árbol sagrado para las culturas nórdicas, y aquí, quería yo llegar.

 

 El Águila lo miro mientras él hablaba.

 

-Conviene saber que los pueblos escandinavos, llamaban al fresno “Yggdrassil” y lo consideraban el árbol que sostiene y contiene todas las fuerzas del Universo.

 

-¿Será por eso que siempre me llamó la atención? - Dijo el hombre del saco, mientras seguía rumiando palabras.

 

-Pensaban, ellos, que sin él, el mundo se desplomaría. Odín –el Dios del Trueno- acude a los pies del fresno para recibir sabiduría. Yggdrassil, el fresno, era para estos pueblos la representación del Cosmos, sirviendo como puente entre la esfera celestial y la terrenal, por el que descendieron los Dioses para crear el mundo-

 

 -Caminando por esos parajes o senderos recónditos de nuestros bosques, o a través de las espesas umbrías, entre el murmullo producido por el balanceo de las hojas de las ramas y el sonido del correr del agua en los torrentes, o alrededor de una cerca de piedra, he creído alguna vez percibir la presencia de genios, elfos o hadas… arbóreas runas mágicas, llegando a sentir, que yo también soy parte del todo-

 

 -Reflexionando, pienso –dijo el Hombre del Saco- que los árboles son un don divino, y -según mi opinión- representan mejor que nada el símbolo del Universo en su manifestación física y también moral. De ahí esas frases que todos conocemos: “el árbol del bien y de mal” o “árbol de la vida y la muerte”-

 

 -¿Ves compañera Águila? la gente también aprende cosas… o mejor las intuye.

 

-Del fresno -mi amigo Fraxinus- he averiguado, que en mitología es el Árbol de Mundo, y que contiene en si todas las fuerzas del Universo. Sus tres ramas sostienen el cielo y los frutos las estrellas, sustentándole sus tres raíces. La primera, baja a las profundidades subterráneas y beben en la fuente de la vida -¿será por eso por lo que me apasionó la espeleología?-; la segunda raíz se hunde hasta los hielos, origen de las aguas y región de los ancestros y los muertos; la tercera, se hunde en la fuente de la memoria y la sabiduría. De las tres raíces sumergidas en lo profundo de los tres reinos subterráneos, brota por su tronco, la región terrícola donde viven los hombres y se eleva al reino celeste donde viven los dioses-

 

Poco a poco se fue acercando al abrigo rocoso. El Hombre del Saco, se quedo parado de repente… callado, silencioso. Sa Bi Du Ri A… pensó. Y repitió con palabras su pensamiento… Sabiduría. ¡¡¡Tendré que reflexionar sobre la tercera rama!!!

 

Entró en el abrigo y se desprendió del saco depositándolo con delicadeza sobre una roca. Recogió algunos troncos de leña que se encontraban cerca del umbral del abrigo y encendió una hoguera.

 

Las llamas proyectaron unas sombras en la pared. Extendió una manta sobre el suelo y sacó del morral una hogaza de pan y un queso. Comió con ganas y bebió un poco de vino de su bota. El fuego crepitaba mientras le inundaba el sueño… pero él seguía mirando fijamente al arrullo de las brasas... ¿y el saco?

 

El saco, era de tela ruda, basta, como de arpillera, viejo y usado desde tiempos milenarios. Nadie le daba importancia cuando lo veía, era algo extemporáneo, anticuado, arcaico, sin embargo, era mágico, y, eso, solo lo sabía El hombre del Saco.

 

El hombre podía sacar de él lo que quisiese. Un sentimiento, un recuerdo, un amor, una amistad, un beso o una caricia, una sonrisa, un deseo, un cariño… pero también una decepción, un desamor, un odio. También podía sacar del saco, un animal, un ave, una flor o un árbol… Y no digamos si quería sacar la brisa, el aire, la tempestad, los rayos, el manantial de las montañas, las profundidades de mares y océanos, el sol y la luna… Una piedra, un canto, un guijarro o una roca. Una sierra o una cordillera, una cima y una sima.

 

El saco contenía el TODO. Y el hombre lo sabía… El saco contenía la Historia del Mundo y su propia historia, la del hombre que lo portaba. El Saco era Eterno, extemporáneo, sin tiempo y fuera de él. De noche brillaba, resplandecía, y de día pasaba inadvertido. Cuando el hombre lo colgaba de su espalda, a modo de bandolera, no se hacía pesado a pesar de que estaba lleno del Mundo.

 

 Somnoliento, el hombre, vio proyectadas las sombras del fuego en la pared. Las contempló, se movían y las siguió con su mirada. Bailaban. Se acordó de su primer acto de valentía, cuando salió del abrigo-cueva. Recordó como le contó la experiencia a Platón, hacia mucho, mucho, mucho tiempo… en otras latitudes.

 

 A Platón, su amigo Platón, se le ocurrió, gracias a la experiencia del Hombre del Saco, exponer su propia teoría. El libro VII de la obra de Platón “La Republica”, El mito de la caverna, es una explicación alegórica de la situación en que se encuentra el ser humano respecto del conocimiento.

 

 Platón explica su teoría de la existencia de dos mundos: el mundo de los sentidos y el mundo de las ideas alcanzable mediante la razón.

 

 De manera resumida os describo lo que Platón decía.

 

 Imaginaros una caverna o gruta. En ella permanecen desde el nacimiento unos hombres encadenados al cuello y las piernas, de forma, que únicamente pueden mirar hacia la pared del fondo de la caverna, no pudiendo escapar. Delante se encuentra el muro y detrás de ellos una hoguera y la entrada de la cueva, que da al exterior, al mundo, a la naturaleza.

 

 Los hombres encadenados solo ven las sombras que, desde el exterior, la hoguera proyecta sobre el muro – como si fuese un cine- y solo conocen estas sombras. En dicha alegoría de Platón, el mundo de las sombras se identifica con el mundo de los sentidos. Las cosas naturales -el mundo de fuera- seria el mundo de las ideas, el mundo de la razón, siendo la Idea del Bien, la idea del sol o de la luz.

 

 La situación en que se encuentran los prisioneros de la caverna, representa el estado en el que permanecen los seres humanos ajenos al conocimiento. Solo aquellos capaces de superar el dolor que supone liberarse de las cadenas y volver a mover los entumecidos músculos, podrían contemplar el Mundo de las ideas con sus propios ojos.

 

 La alegoría de Platón, pone de manifiesto como los humanos, podemos engañarnos a nosotros mismos o forzados por poderes fácticos. Autores como Calderón de la Barca en”La vida es sueño”, o, ejemplos más modernos, como el libro “Un mundo feliz” de Huxley, o, una película como Matriz, ahondan en ello.

 

 Aquí no acaba la cosa. Uno de estos prisioneros – nuestro Hombre del Saco- logra liberarse de las cadenas y consigue salir de la cueva conociendo así el mundo real.

 

 Una vez acostumbrado a la luz cegadora, el hombre del saco, libre de la caverna, conoce el entorno y se queda maravillado. Descubre, poco a poco, las montañas, los bosques, los ríos, los animales, la lluvia, las plantas, los colores… incluso a otros hombres y mujeres. Se da cuenta que puede contemplar con toda nitidez las cosas y apreciarlas.

 

 Pero no acaba aquí el mito. Nuestro hombre, que había salido al exterior de la cueva, loco de contento, regresa al interior de la caverna para dar la noticia y comunicar sus descubrimientos a aquella gente prisionera y esclavizada de la oscuridad, haciéndoles partícipes del gran hallazgo que acaba de hacer.

 

 Tras muchos esfuerzos por convencerles de que viven en un engaño, en la más abrumadora falsedad y que deben liberarse, después de infructuosos intentos, aquellos pobres enajenados o como se diría ahora, alienados, durante tanto tiempo, que no conocían otro mundo, que no querían compartir ni siquiera sus propias cadenas, lo ignoran, le toman por loco, se ríen de él y lo matan.

 

 Bueno, en realidad, al Hombre del Saco no lo mataron, simplemente lo dieron por muerto. Los miembros de la caverna no sabían que al descubrir la Vida el hombre del saco se había convertido en Inmortal.

 

 Aun cuando era inmortal, era a la vez humano, y una piedra se estaba poniendo pesada con su nalga. Se volvió de espalda y miro al saco…¡¡¡Nunca dejaba de asombrarlo!!! Y, en esta ocasión, refulgía de vez en cuando, como si respirase…

 

El Hombre del Saco, sonrió, al recordar a su amigo Platón.

 

-¿Cuántos derechos de autor habrá cobrado por sus obras? Se preguntó.

 

-También él se reía de su sombra aunque no lo aparentase- dijo, musitando…

 

Avivó el fuego, arrojando unos troncos, y saco el Libro de la Vida del Mensajero, para revisar lo que escribió en aquella época cuando transitaba por el Peloponeso, desde Kalamata hasta Atenas pasando por Corinto. Sonrió.

 

 ¡¡¡Qué tiempos los de la Vieja Academia!!! Se dijo.

 Su vista voló por las páginas y se paró en una de ellas.

 

 Unas palabras escritas hicieron que dejara de pasar páginas deteniéndose en una de ellas.

 

-Alejandría- leyó.

 

 Con tristeza pensó en Hipatia. Siempre estuvo enamorado de ella.

 

 ¡¡¡Que mala era la intolerancia!!!

 

 Había conocido a Hipatia cuando anduvo por el norte de África. La conoció en Alejandría al pasar a conocer a su padre Tión, el astrologo más famosos de la época.

 

 Hipatia había sido la primera mujer matemática. Su padre le enseño también astronomía y mejoro el diseño de los primitivos astrolabios. El motivo de la visita a Alejandría que había llevado hasta allí al hombre del saco había sido su búsqueda por encontrar determinadas posiciones de las estrellas en la bóveda celeste.

 

 Era una gran mujer. Guapa y esbelta y sobretodo inteligente. Suscitó la envidia y la soberbia del prefecto de Roma, Orestes, y del Obispo Cirilo, que eran dos acomplejados cegados por la intolerancia.

 

 Recordó con pena cómo… ¿murió? ¿Seguro?

 

 De pronto el Águila, su compañera, improvisó un aterrizaje y se poso en su brazo. Acercando el pico a su oído musito una extraña jerga.

 

-¿Cómo? – Interrogo el Hombre del Saco.

-¿Qué hay Consejo de la Comunidad? ¿Cuándo? ¿Dónde?

 Levantándose de pronto exclamo –¡¡¡Por todos los Dioses que alegría!!!-

Pronto veré a todos mis amigos.

 

 El, conocía el procedimiento para acudir a la reunión. Los preparativos que debería acometer. El ritual.

 

 Tendría que bajar hasta el Rio del Oro. Recogió el Libro y dejo el lugar como lo había encontrado, cargando con su saco al hombro. Destrepó por las laderas hasta llegar al rio.

 

 Allí, junto al rio, sintió el sonido que comenzó a arrullarlo en mágicas runas. Al principio cada fresno emitía un ronroneo distinto, sin acorde. Poco a poco se fue transformando de forma acompasada. Todos comenzaron a establecer una forma armónica que se fue transformando en una melodía cargada de un ritmo trepidante que lo envolvió.

 

 Sus hermanos los fresnos, lo acariciaban con su música y comenzó el ritual de los cinco sentidos.

 

 Se desnudó y abrazando al fresno más esbelto fue sintiéndolo sobre su cara, su pecho, su cuerpo entero, y el fresno comenzó a hablarle de forma extraña, de forma intensa, como si le ayudara a convertirse en uno de ellos. El Hombre del Saco, se hizo raíz, se hizo tronco, se hizo rama, se hizo hoja, se hizo fresno, se hizo fresneda.

 

 Entrando en el agua fría y cristalina, comenzó a pronunciar palabras de un idioma desconocido en lo que parecía una oración. Poco a poco, el Hombre del Saco, se fue volviendo traslucido, y, así en la corriente, se hizo agua, se hizo gota.

 

 Apareció, emergiendo de repente, en una orilla que era un lodazal y se cubrió de barro, y, de nuevo, se fue transformando. Se convirtió en tierra, en roca, en montaña, en cordillera.

 

 De repente, volvió a aparecer junto a una zarza, y, esta se hizo fuego y el Hombre del Saco se convirtió en una luminiscencia brillante y cegadora que irradiaba una luz azulada y cálida.

 

 Una ráfaga de viento se levantó de repente y apago el fuego y el Hombre del Saco se convirtió entonces en torbellino, en remolino, en huracán, en una brisa suave, en una caricia.

 

 Espacio, tierra, fuego, agua y aire se hicieron un Todo.

 

 El Hombre del Saco apareció dormido junto a su saco. Sus sueños lo transponían, lo trasladaban, lo trasportaban hacia la Comunidad de los Hombres del Saco.

 

-Pronto estaré con mis amigos.- Musito el Hombre del Saco, con palabras del hombre llano y se quedó dormido profundamente.

 

 El Águila se poso sobre la rama de un fresno a esperar su regreso.

 

 Una hermana hormiga se subió a su nariz y lo despertó. Al abrir los ojos no sabía dónde estaba, ni el tiempo que llevaba dormido. Pudo comprobar que estaba en un polje parecido al de Los Llanos de Libar. Un manto verde lo cubría todo. Las paredes del valle eran empinadas calizas que se encaminaban hacia las cumbres. Casi kilométrico, el valle, se cerraba en sus dos extremos, donde las calizas casi se abrazaban. Una abeja revoloteó a su alrededor posándose sobre un lirio, y el Hombre del Saco –transformado- estuvo un rato observando cómo libaba el néctar de la flor donde se había posado.

 

 Poco a poco se fue incorporando y aguzó la mirada dando una vuelta de 360 grados. Comprobó que no estaba solo. Otros Hombres y Mujeres del Saco despertaban en muchos puntos del valle. Tres, cinco, siete, diez, quince, veinte…pronto fueron casi una multitud.

 

 ¡¡¡Estaba en el Valle de los Hombres y Mujeres del Saco!!!

 

 En el centro del valle emergía una roca y sobre ella vio una figura resplandeciente. Todos los Hombres y Mujeres del Saco se fueron acercando hacia ella, caminando lentamente, hacia el sitio que ocupaba la figura.

 

 Mientras caminaban…todos se saludaban, con una mirada, con un gesto, con una sonrisa, con un abrazo. Sin decir palabras, pues no las necesitaban.

 

 Nuestro Hombre del Saco era la primera vez que acudía a una Asamblea de la Comunidad y semejante evento le tenía un poco nervioso. No conocía a nadie pero le eran conocidas algunas caras. El sabía que sabía.

 

 Dentro de sí mismo escuchaba lo que otros Hombres y Mujeres del Saco se decían. Su alma le hacía hablar y comunicarse con otras almas. Eran palabras de paz, de satisfacción por el encuentro de todos, de viejos amigos que hace mucho que no se ven. Palabras del corazón expresadas con el alma.

 

 Todos se sentaron alrededor de la piedra conforme fueron llegando, y, allí se encontraba sobre ella el Gran Maestro de los Hombre y Mujeres del Saco.

 

 Su figura desprendía un aura de luz y calor. Su cara plagada de arrugas, así como sus manos, que parecían dos pergaminos. Vestía una túnica de azul añil que le llegaba a los pies, calzados, con unas sandalias de cuero.

 

 Todos atentos, sin mediar palabras innecesarias, sintieron que se hacía presente en cada una de las almas de los Hombres y Mujeres del Saco. Con cada uno de ellos, hablaba simultáneamente, sin que la comunicación personal transcendiera a los demás.

 

 -Que la Paz del Todo, sea contigo, Mensajero. Bienvenido a tu primer encuentro de la Comunidad.-

 

 Nuestro Hombre del Saco nervioso no sabía que contestar.

 

-No te azores pequeño Hombre, a todos nos ha pasado la primera vez- le dijo el Gran Maestro.

 

-Ten confianza pues soy parte de ti, cómo tu de mi. Ambos somos uno, contigo y con los demás y todos con el Todo.

 

-Maestro, Gran Hombre, soy tu más humilde servidor… Dijo nuestro Hombre.

 

-Dime… ¿Quieres preguntarme algo?

 

-Maestro Gran Hombre… ¿Por qué yo?- Contestó balbuciendo sus palabras convertidas en pensamientos.

 

-No te esfuerces en buscar respuesta. Todo está previsto de antemano con la suficiente antelación. Nunca te enfrente a la Vida, pues si te enfrentas, ella se te enfrentará. Al contrario, si la aceptas –y por lo visto es así- ella te abrirá los brazos y te aceptará- Contestó el Gran Maestro.

 

- Ve, sigue, continúa andando los caminos de la Vida sabiendo lo que tienes que hacer. Que sea la ayuda del Hombre para el hombre- Le dijo el Gran Maestro - Ya conoces la insistencia del Mal, por convertirnos en seres inofensivos, maleables y acomodaticios. Recuerda que nuestros enemigos han llegado incluso a asustar a los niños humanos con nuestra presencia- y continuó…

 

-Estas dotado para ello. Ejercita los poderes que el Universo te ha entregado-

 

 -Si Gran Maestro, seré Ayuda- contesto nuestro Hombre del Saco.

 

 El Gran Maestro, mientras una sonrisa se le escapaba por la comisura de sus labios, le dijo para despedirse…

 

- Y ahora, ve a ver a Hipatia. Te está esperando.

 

(Continuará)

   

   

   
FEDME FAM
   

   
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