Revista Collado Sur

   

Lista de Correos

   

En el Atlas Central - Eloy Lopez Cerdeño

Detalles

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EN EL ATLAS CENTRAL

 

ELOY LÓPEZ CERDEÑO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                

                                     

 

 A Silvia

 


 

PRÓLOGO

 

En la primavera del año 1995, en los días comprendidos entre el 24 de marzo y el 2 de abril, un grupo de ocho personas pertenecientes a los clubes montañeros Sierra del Pinar y Alta Ruta, ambos de Jerez de la Frontera, realizamos una travesía por la accidentada y bella orografía de la cordillera más importante de Marruecos, El Atlas, y en la parte a la que corresponden las mayores elevaciones de ella, El Atlas Central. Alineada en dirección noreste-sudoeste, la cordillera divide el país en dos áreas muy diferenciadas climáticamente y en otros aspectos económicos y sociales que esta singularidad determina: la más septentrional goza de caracteres mediterráneos, que se van perdiendo a medida que nos adentramos hacia el interior, y a la más meridional corresponde un clima desértico, sahariano, que se acentúa hacia el sur. Entre ambas, la gran cadena montañosa, de paredes peladas y cumbres cubiertas de nieve que se acercan, y en algún caso sobrepasan, los cuatro mil metros de altitud. La acumulación de nieve durante el invierno en estas alturas permite los cursos de agua durante el año y el afloramiento de pequeñas aldeas de verdes valles en cualquier rincón propicio. Al aspecto puramente deportivo de la travesía habría que añadir el contemplativo de una bella naturaleza –lo que siempre es inherente en la práctica de montañismo-, el conocimiento y posterior afecto por las gentes que pueblan estos territorios –bereberes en su mayoría- y el aprecio por su cultura.

 

     Dos años después de aquel viaje me he animado a escribir estas notas, a modo de relato, de la experiencia conjunta vivida, para lo que he repasado las notas tomadas durante el mismo y conservadas en un block, los recuerdos fotográficos de algunos momentos y los mapas que sirvieron para situarnos. El tiempo transcurrido, lejos de afectar negativamente al escrito, por el olvido que su paso conlleva de los detalles y circunstancias acumuladas en mi memoria, creo que ha obrado a favor de mi propósito, porque posiblemente sea lo que permanece en mi recuerdo lo que mayor impresión causó en mí en su momento, precisamente lo que me gustaría trasmitir a los demás. Otra cosa será el mejor o peor acierto en la expresión escrita de estas impresiones y, también, si con ellas consigo acercarme a las vividas con mis compañeros de aventura. Ello es el riesgo que debe correr el que, como en mi caso, se adentra en este otro tipo de aventuras como lo es la escritura.

 

     Para la estructuración del relato he seguida la metodolo -gía de un diario: cada capítulo narra lo acontecido en el día y así, de forma sucesiva, la del itinerario completo. El encabezamiento de cada uno de ellos corresponde –salvo alguna excepción- con el de la población término del día: me ha gustado siempre la sonoridad de estos nombres y lo que, tras la experiencia vivida, evocan.

 

     Finalmente quisiera agradecer a los componentes del grupo expedicionario esta formidable vivencia que su compañía me ha reportado. A Mary Ángeles, la intérprete, y a Juan Carlos, al que debemos las magníficas diapositivas obtenidas; a Teresa, por su agradable trato, y a Manolo por su inquietud y animada conversación; a Nuria, sosegada y, en el mejor sentido, interesada, y a José Antonio que captó el movimiento y el sonido de cuanto de interés acontecía; y a Paco, antiguo conocedor de la zona, organizador y alma de la expedición.

 

 

 

IMLIL

 

 

 

 

    

Tras la noche pasada en un no demasiado cómodo tren procedente de Tánger, amanecemos en Marrakech, ciudad llena de luz, de movimiento de vida; inmersión repentina en otro mundo, otras gentes y otro paisaje para lo que, seguro, hubié­ramos necesitado un período de acomodación si los modernos medios audiovisuales no nos hubieran ya habituado a otras culturas. Aún así, traspasar la pantalla y situarnos en el medio real nos conmociona por la invasión de múltiples sensa­ciones desconocidas.

 

     En dos taxis encajamos, más que acomoda­mos, nuestras personas y equipajes dirigiéndonos al hotel Alí, próximo a la céntrica y bulliciosa plaza de la Jeema el Fna  donde debería­mos encon­trarnos con el señor Lahcen, empresario de la agen­cia turís­tica con el que habíamos conectado. La recepción del hotel, repleta de carteles turísticos, ofertas y mapas del Atlas indicaba su funcionalidad principal: era lugar de en­cuentro y negocio para todos los que como nosotros preten­díamos adentrarnos en la cordillera. Mientras desayuná­bamos apareció el empresario, hombre moreno, de mediana edad y trato afable que hablaba castellano y con el que nuestro compañero y organizador del viaje, Paco Nieto, antiguo conoce­dor del mismo, establece el itinerario y las condiciones económicas y de apoyo. Sobre un mapa del macizo del Toubkal, en el Atlas Central, señalamos el recorrido convenido y sobre servilletas de papel aplicando el cálculo y el regateo, según la costumbre del país, la cuantía económica.

    

     En la misma mañana dejamos Marraquech  y su térreo y ocre recinto amurallado por carretera, en la dirección sur. La primavera acaba de empezar y el sol es agradable de recibir como el aroma de los campos: nuestros sentidos están alerta a todas las sensaciones. Poco a poco la vía se eleva y se curva a izquierdas y derechas. Atravesamos puentes sobre cursos de agua procedentes de las montañas a las que nos dirigimos, y verdes tierras de cultivo se ciñen a sus riberas en contraste con la aridez ocre de las tierras circundantes. Pronto, -¿una hora?-, llegamos a Asni al pie de las estribaciones montaño­sas. Es el punto final de nuestro recorrido en taxi. Adentrar­se más implica la utilización de vehículos motorizados mejor adaptados a la dureza de los carriles o animales de carga.

 

     En Asni, cabecera de comarca de los pequeños poblados atlasianos próximos, disfrutamos de su mercado del sábado. Tras su notable puerta de herradura de acceso al mismo, una abigarrada y colorida concurrencia de toldos y paisanos cons­tituyen todo un espectáculo para los ajenos. A cielo abierto, bajo el sol y el polvo inevitables, agrupados por calles, se ofrecen los productos y servicios de una atrasada economía rural: legumbres, herramien­tas, carnes de cordero o de cabra, ganado, peluquería, especias, tintes, animales disecados, hortalizas, cueros, ropas...Todo lo inimaginable de intercam­bio o compraventa en una economía casi medieval. Entre sus calles, de animado movimiento de personas y animales, nos adentramos curiosos y absortos, hipnotizados por el espectácu­lo, tratando de retener sus imágenes en cámaras y tomavistas, más fiables -estábamos seguros-  que el futuro de nuestros recuerdos.

 

     Por la tarde, cuando el ajetreo del mercado comenzaba a declinar y los concurrentes a dispersarse en sus vehículos o animales de carga, retomamos nuestro viaje hacia nuestro destino, en el interior del Atlas, hacia la población de Imlil. Sobre una pequeña y vieja camioneta que hacía el viaje de retorno del mercado, nos acomodamos -es un decir- los ocho expedicionarios y un buen número de bereberes, hombres y niños, que regresan a sus poblados de origen. De pie y agarra­dos a cualquier soporte para equilibrar sus sacudidas, la camioneta avanza penosamente en las primeras rampas del carril de tierra y piedra a lo largo del valle del Mizane, cuyo río del mismo nombre desciende en aquel lugar cristalino y lami­nar. Enmarcaba nuestras vistas laterales las verdes y arbola­das laderas de las pendientes que, en forma de uve, confor­ma­ban el valle, resultado de la eterna acción erosiva de las aguas sobre el gran macizo y, en frente: ¡en frente, las frías y blancas cumbres de una inmensa cadena montañosa!, ¡las del gran Atlas!, que se agigantan a medida que nos aproximamos a ellas empequeñeciendo nuestro ánimo. ¡Que inmensa naturaleza y que inigualable sensación contemplarla! Estamos llegando a nuestra tierra elegida.

 

     Después de algunas breves paradas para que descendieran los pasajeros en sus lugares de destino, formados por núcleos de unas pocas casas, en general dispersas, nos aproximamos a Imlil, final del viaje. A su altura, que supera  ya los mil setecientos metros sobre el nivel del mar, la temperatura del atardecer comienza a refrescar y el Mizane transcurre torren­cial. Lahcen al que acompañaba Omar, que sería nuestro guía, nos había preparado un hostal para el alojamiento de aquella noche. Si bien sus materiales son de obra de fábrica, algo de por sí moderno en aquellas latitudes, sus paredes y suelos están sin refinar y así permanecerán, seguramente, hasta que las ganancias turísticas permitan nuevas mejoras de las obras. Los dormitorios y una sola ducha se sitúan en la planta supe­rior, actuando la baja como bar y restaurante, sin ninguna concesión decora­tiva ni del mobilia­rio, muy pobre. Como po­dríamos comprobar más tarde, Imlil es base del turismo de montaña en fase inci­piente y paso obligado en el acceso al macizo del Toubkal. Sus habitantes alternan su actividad económica tradicional -agra­ria, artesanal, comercial- con las nuevas derivadas del turis­mo, con seguridad, más beneficiosas: son, a su vez, hosteleros, guías de montaña, porteadores, muleros, etc.

 

     Antes de cenar, todavía con luz solar, convinimos en dar un paseo por los alrededores. Imlil se sitúa en la confluencia de varios cauces, si bien el Mizane es el principal, lo que configura una orografía donde otros tantos valles confluyen y donde se establecen las tierras de cultivo que, aterrazadas, escalan las laderas circundantes. Ello le proporciona una cierta expansión a la limitación de espacio de las altas pendientes circundantes. Nos dirigimos a un pequeño núcleo de población, cercano,  que nos atrajo la atención y de cuyo nombre sí quisiera acordarme: situado sobre una ladera, agrupa un reducido número de casas, de una o dos plantas, con paredes de adobes, del mismo color ocre de la tierra y techos planos que sirven de azotea sin ninguna protección. Las casas se alinean en estrechísimas calles, a distinta altura, quebradas por el desnivel del terreno, donde asoman puertas y ventanas que acceden a los hogares y establos de animales, sin orden alguno. Algunas mujeres, desde las terrazas o ventanas, disi­mulan su observación mientras recogen las multicolores alfom­bras tendidas al sol durante el día, mientras los niños, de pobre vestimenta y más resueltos, nos rodean e interactúan con el grupo. Las  sensaciones visuales y el olor a ganado y a leña quemada se funden en nuestra mente y nos retrotraen a tiempos, para nosotros, remotos: no de otra forma debió ser nuestro medievo. Pronto comprenderíamos que al mismo modelo corresponderían las aldeas y los pequeños poblados dispersos por el Atlas y que en ello radicaba su atractivo.

 

     Desde  este poblado y volviendo la mirada, podemos con­templar, con amplia perspectiva, el fondo de los valles culti­vados de pastos y de frutales aún desnudos, adormecidos en el proceso invernal. Más en alto, en la línea superior de los cultivos, Imlil, del que sobresale el alminar de su mezquita, y otros pequeños poblados dispersos y, por encima aún, las fuertes pendientes ocres y desnudas de los montes circundan­tes.

 

     Regresamos al hostal. El frío de la noche se hace sentir y poco después de cenar, iluminados por lámparas de gas, nos acostamos. El día había sido muy intenso para nosotros.


OUANSCRA

    

 

 

 

 

     Son las ocho de la mañana, hora a la que habíamos conve­nido en la noche anterior iniciar nuestro itinerario. El cielo está limpio y el sol, radiante en algún lugar, ilumina las cumbres nevadas de blanco purísimo del Djebel Aksoual. El valle donde se sitúa Imlil permanecerá, aún durante algún tiempo, en la penumbra, protegido por las enormes moles que lo circundan. El itinerario que, con Lahcen, habíamos acordado comprendía un periplo a pie que, hoy, en su primera etapa, debiera conducirnos hasta Ouanscra, un pequeño poblado situado en otro valle, en la dirección este. Omar, maestro joven y políglota, en funciones actuales de guía de montaña, mejor remuneradas, nos explica el trayecto y nos da instruc­ciones sobre nuestra carga: sólo será necesario llevar en nuestras mochilas los elementos de nece­sidad más inmedia­ta, cantimplo­ra, ropa de abrigo, algo de comida, cámaras fotográ­ficas, etc. El resto de nuestro equipaje será transportado en mulas al cuidado de varios porteadores. Ello nos alivia gran­demente dado el peso excesivo que hasta entonces arrastrába­mos.

 

     Lentamente, en hilera, seguimos la ascensión por la que se dirige el sendero al collado de Tamatert no sin antes hacer algunas tomas fotográficas del Mizane que, tumultuosamente, entre rocas redondeadas por la erosión, desciende de las alturas del macizo en su paso por Imlil. La senda sigue una vertiente que, en su parte baja, permite el cultivo de la tierra en pequeñas parcelas abancaladas que se superponen según se eleva el terreno. Los cereales, trigo y cebada en su ciclo aún invernal y praderas, alfombran de verde los suelos en los que, de forma dispersa, se distribuyen nogales desnudos y frutales en floración. Algunos regatos de agua que atravie­san nuestro camino y la tenue y fresca brisa de la mañana completan un paisaje armonioso que embriaga nuestros sentidos.

 

     En la ladera situada a nuestra izquierda, sobre la ver­tiente meridional del Tanamrout, un pequeño poblado destaca al sol la geometría cubista de sus casas, pardo rojizas, del resto del entorno, de la misma tonalidad. Un poco más adelan­te, el sendero nos conduce a otra pequeña población donde hacemos un alto para descansar por unos instantes. Pronto nos vemos rodeados de numerosos niños, de diversas edades, para los que nuestra presencia constituye un acontecimiento extra­ordinario. El reparto entre ellos de forma indiscriminada de bolígrafos y caramelos, por los que sienten un gran aprecio, es nuestro gran error que nos persigue sendero arriba, cuando abandonamos el poblado. A esta altura el suelo ha dejado de aprovecharse para la agricultu­ra y los cultivos son sustitui­dos por la vegetación arbustiva mediterránea: coscoja, chapa­rros, enebros y el pino rojo de repoblación.

    

     La ascensión se hace cada vez más penosa por la mayor pendien­te de las rampas y la presencia de un sol a cielo abierto que comienza a calen­tar. Un poco más y nuestro esfuer­zo se ve recompensado al alcanzar el collado de Tamatert, en altitud próxima a los dos mil trescientos metros, por las magníficas vistas que, desde este punto, se pueden alcanzar: a nuestra derecha, que corres­ponde con la orientación sur, las altas cumbres nevadas con los picos Tamadot y Aksoual que se alinean en dirección este con el Bou Iguenouane con alturas próximas a los cuatro mil metros. En este punto, al menos para nuestra vista, la  blanca cordillera toma bruscamente la dirección nor­oeste, manteniendo cotas por encima de los tres mil quinientos metros y destacando el pico Oukaimeden al noreste de nuestro obser­vatorio, por detrás del ocre Tanam­rout que forma parte del collado. Entre ambas alineaciones, un profun­dísimo valle de paredes ocres que se desploman desde las cumbres, en cuyo verde abismo destacan, diminutos, los peque­ños poblados de Tacheddirt y Ouanscra: es el valle del Imenane al que nos dirigimos. Detrás, hacia el oeste, la vertiente de vegetación mediterránea que desciende hasta Imlil y, a su izquierda, la alineación, hasta perderse de vista, del gran macizo nevado.

 

     Continuamos nuestro camino, ahora descendiendo del colla­do por un carril de tierra que, suavemente, recorre suspendi­do, atrave­sando las fuertes líneas pendientes, una de las caras del valle. La vegetación, a estas alturas, es muy escasa y está formada por restos de especies herbáceas, almohadilla­das para protegerse del frío, del verano anterior. A medida que avanza­mos por el mismo, descubrimos nuevas dimensiones del valle y de sus profundidades y, a nuestra derecha, las grandes moles pardo violáceas de rocas y tierras que, en equilibrio preca­rio,  se sostienen en las alturas. En un momento del camino somos alcanzados por los  cuatro porteadores que, a lomos de sendas caballerías, transportan nuestros equipajes y los ali­mentos que precisaremos para el trayecto. Son Hassán, Ibrahím, Yosuef y Hassad que nos acompañarán en la mayor parte de periplo. Los cuatro, al sobrepasarnos y con cierta perspec­tiva, nos recuerdan  la imagen de un belén.

 

     Tras la comida y descanso, al lado de un regato de frías y ligeras aguas que descienden procedentes del deshielo, prosegui­mos la aproximación al fondo del valle. Las terrazas abancaladas de los cultivos comienzan aparecer, primero, en los terrenos más altos y menos fértiles, las dedicadas a los pastos, después, en los lugares más bajos y amplios, los más rentables ya menciona­dos. Uno de ellos nos llama la atención por su porte, desconocido por nosotros como cultivo, es el del cólquico -Colchicum autumnale-, que se emplea en farmacia para la obten­ción de la colchicina, pero que aquí, en estas latitudes desconocemos su destino.

 

     Más abajo, en las proximidades del poblado, la presencia de mujeres  en los campos se hace frecuente. Las acompañan, generalmente, sus hijos, algunos, muy pequeños, envueltos sobre sus espaldas o sobre las de sus hijas mayorcitas. Cuidan reducidos rebaños de cabras autóctonas del país, pequeñas y ágiles, o unas pocas y pausadas vacas. A veces, de regreso a sus hoga­res, transportan haces de leña. El colorido de sus vestimen­tas y pañuelos, con los que cubren sus cabezas, y el violento paisaje agreste como fondo, compondrían un bello cuadro si no fuera por la penalidad que conllevan. Los hombres jóvenes, como después averiguaremos, están al otro lado del monte, en los trabajos que la estación invernal de sky de Oukaimeden les proporciona o han emigrado a Marraquech o a Casablanca.

 

     Atravesamos, saltando sobre las húmedas y alisadas pie­dras, el río Imenane alcanzando el sendero que, en la otra cara del valle, curso abajo, nos lleva a Ouanscra. Su proxi­midad se hace notar por la cantidad de chiquillos que salen a nuestro encuen­tro: ¿un fenix?, ¿un stylo?, ¡bonjour!, son sus formas de comunicación con nosotros. Sin duda, no somos los primeros extranjeros que les visitamos. Alguien nos había precavido, antes del viaje, de que nos aprovisionáramos de caramelos, bolígrafos y ropa usada porque sería bien recibida. Y así fue.

 

     Ouanscra es una aldea, de cien a doscientos habitantes, compuesta de niños, mujeres y escasos hombres en su mayoría ancianos. La precariedad de sus vidas se hace patente de inmediato en sus ropas, con frecuencia raídas o desajustadas a sus cuerpos, en los resfriados, que afloran en los rostros de los pequeños, y en sus pobres viviendas de barro. Contrasta, en cambio, la vita­lidad que trasmite el bullicio de los niños, dueños de la calle y mayoría en el poblado, sobre todo si la referencia es nuestro país de ori­gen, de natalicios mínimos. En el fondo del valle, Ouanscra mantiene las características constructivas señaladas en ante­riores poblados: sobre una ladera de fuerte pendiente, por encima de las terrazas de sus cultivos, se escalonan sus casas, cimentadas en piedra. Los muros, salvo las cantoneras, también en piedra, se elevan por apelmazamiento de la arcilla circundante, y las cubiertas, planas, formando terrazas, las constituyen un entramado de  troncos de madera, leña y tierra compactada. El conjunto se confunde, por el colorido, con el paisaje ocre de su entorno del que se distingue, a veces, por el enmarcado en blanco del borde de las ventanas, orientadas al curso del agua del Imena­ne, o el débil enrejado en azul de las mismas, en algunas ocasiones.

 

     El alojamiento es una casa del lugar, no especialmente acondicionada, en la que disponemos una habitación para exten­der, sobre suelo de cemento, nuestras esterillas y saco de dormir. Allí descargamos nuestras pertenencias ante las mira­das curiosas de los inquietos niños.

 

     En la tarde, todavía con luz solar, Omar nos invita a dar un paseo, curso arriba del Imenane, hasta llegar otro pequeño poblado de Tacheddirt. De nuevo en camino, llama la atención el extraordinario paisaje, contemplado ahora con otra luz y otra perspectiva: el contraste violento de las fuertes pen­dientes peladas, ocres y violetas, de las laderas que se precipitan sobre el verdor, en franjas, de sus valles y las angulosas aristas nevadas de la cumbres.

    

     Tacheddirt repite la fisonomía de los anteriores poblados aunque más pobre por la escasez de tierras de cultivo y su mayor altitud. Posee la singularidad, sin embargo, de un albergue de montaña, construido, o explotado, por una asocia­ción francesa, que le hace muy apto como base de escalada de varias cumbres que lo circundan: Bou Iguenoane, Anrhemer, Angour...que superan los tres mil seiscientos metros. Ya tarde, tocando las últimas manchas de nieve helada de las laderas, regresamos a Ouanscra para cenar lo que el cocinero porteador nos ha preparado: ensalada, conservas, frutas y te con hierbabuena y galletas, que nos tonifica.

 

     Cuando cae la noche, entramos en un mundo olvidado por nuestra naturaleza civilizada. La oscuridad es profunda en el valle silencioso. Una esfera celeste, recortada por negros picachos, oscura y luminosa a la vez, transparente, casi tangible, se expande sobre nosotros: relieve de millares de estrellas -¡nunca vi tantas!- suspendidas, de distinto tamaño y fulgor, de conste­laciones reconocibles. Profundida­des celes­tes inimaginadas, lumina­rias raramente vistas por el hombre y la mujer urbanos. Rumor del agua del deshielo.


 

IMIOURGHLART

 

 

 

 

 

     La suave luz, la frescura y tenuidad del aire de la mañana nos animan a levantarnos y a contemplar nuestro alrede­dor. En el exterior hace frío. El sol comienza a iluminar las cumbres nevadas que nos rodean: aristas doradas que lo refle­jan, depresiones blanquiazules o blanquirrosadas, según su posición, peñascos negros emergentes en la blancura radiante.

 

     Antes de nuestra partida hacia Imiourghlart los niños, de nuevo, nos rodean  y un padre de avanzada edad me agradece en su idioma, ofreciéndome su mano, la ropa usada que reci­bió su hijo. Su aspecto, bajo el ropaje bereber, es noble y digno. No tengo posibilidad de comunicarme con él en alguna lengua común y ello me crea cierta confusión. En mi mente, de nuevo, se agolpan las lectu­ras -ahora vivencias- del desarro­llo desigual de los países, de la supedi­tación econó­mica de los más débi­les, de la coloniza­ción, a la larga, de su cultura milenaria, de la injus­ta -como también las anteriores- distri­bu­ción de la riqueza en el interior del país, del funda­menta­lismo islámico como res­puesta.....De alguna forma me siento -tal vez nos sinta­mos- cómplice de un proceso que nos sobrepa­sa.

 

     Descendemos por el estrecho valle del Imenane, inmerso aún en los pensamientos anteriores, dejando atrás las cumbres nevadas y el paso de Tached­dirt. A nuestra izquierda, frente a Ouanscra, la gran pirámide ocre que confi­gura el monte Tanam­root que debemos rodear en nuestro itinera­rio de hoy. El sendero transcu­rre paralelo al río, cada vez más profundo. Paredes rocosas violetas, pardus­cas, rojizas sin apenas vege­tación -inmenso depósito de escorias-, nos acompa­ñan a lo largo del camino. De vez en cuando, a uno y otro lado del valle, surgen poblados del color de la tierra, escalona­dos, sobre estrechas franjas verdes de cultivos -pastos, cereales, frutales florecidos, nogales a la espera de una primavera más segura que active sus brotes invernales-. Son todos muy seme­jantes -Temguist, Tinoughrím, Ikiss-: casas de formas cúbicas super­puestas, como un gran mineral, en cuyas caras enfrentadas a sus huertos y al río, que transcurre más abajo sonoro y cris­tali­no, se abren, como ojos vigilantes, pequeñas ventanas enmarca­das en blanco. Los niños, vivaces y numerosos, salen a nuestro encuentro con su cantinela, ya conocida: ¿un fenix?, ¿un stylo?, ¡bonjour!, mientras las mujeres, más discretas, se asoman por las ventanas con sus coloridos toca­dos. Los hom­bres, los pocos hombres que se mantienen en estos poblados, son los que con más naturalidad contemplan nuestra presencia; con su indumentaria tradicional van o vuelven de sus campos, saludan a nuestro guía: “Salam malecum”-Dios esté contigo-, y después a nosotros, llevándose la mano al corazón o, simplemente, si no existe suficiente rela­ción, elevándola y bajándola mostran­do su palma  a nuestro paso, como en algunos lugares de la España rural se sigue haciendo. Son gestos de comunicación social, de hondo signifi­cado humano, que mantiene su cultura milenaria.

 

     En Ikiss, creo recordar, aunque hubiera sido igual en cualquiera de los poblados por los que atravesamos, fue donde hicimos un alto, a media mañana, para tomar el té. En la casa, humilde como todas, de un conocido de Omar nos adentramos en una pequeña habitación de planta rectangular donde, sobre una alfombra de hilos multicolor que cubre todo el suelo, nos sentamos descalzos en círculo. Las paredes, enjalbegadas en blanco, soportan algún cartel turístico del Atlas y algunas fotografías del dueño con algún extranjero. Seguramente tam­bién sería guía de montaña. El anfitrión, joven como nuestro guía, no tarda en traer la tetera y los vasos sobre una bande­ja de cobre que deposita en el centro del espacio abierto. Después, sirve el té como es costumbre en Marruecos, elevando la tetera para que el chorro, en su caída sobre el vaso, origi­ne sobre el líquido un burbujeo de aire desplazado. Del color de la miel, dulce y ligeramente mentola­do, el caliente té reani­ma, a estas y otras horas, ritualmen­te, la vida social de los autóctonos varones. También nos reconforta a nosotros en nuestro caminar.

 

     Prosiguiendo el itinerario previsto por el sendero pedre­goso, por encima de la margen izquierda del Imenane que, a estas alturas, se abre con fuerza excavando las angosturas rocosas que configuran una garganta, llegamos a Arg, otro pequeño poblado situado sobre el mismo curso de agua pero en terreno más abierto. Son las doce del mediodía y el mohecín, desde el alminar de la pequeña mezquita, nos estremece cuando su voz grave y poderosa llega a nuestros oídos llamando a la oración. Después nos diría Omar que son cinco las llamadas a lo largo del día, en las que la salida y la puesta del sol marcan su inicio y terminación, y comprendemos la islamización de estos pueblos en los que la religión marca los ritmos de su vida cotidiana y trata de explicar su sentido.

    

     Atravesamos el poblado y, a su salida, hacemos un alto junto a una fuente donde un grupo de mujeres y niños recogen agua, despertando en ellos, como otras veces, su curiosidad. Mientras tanto, llegan los porteadores y dan de beber a sus animales. En este punto las aguas del Imenane circulan exten­didas y tranquilas y un puente de construcción abandonada conduce a la otra orilla. Allí hacemos un alto para comer y descansar. Las mujeres, en la orilla opuesta, charlan, recogen agua o toman el sol. El conjunto es vistoso por el colorido de sus vestidos. Los niños se aproximan a nosotros, aunque les tienta más las oportunidades de juego que les ofrece el puen­te: se encaraman a su entramado, se balancean sobre tablones, corren, se chapuzan en el agua, vuelven a salir, a encaramar­se....Todo termina cuando un hombre iracundo, a voces, les recrimina y, a pedra­das, pone en ejecución su mandato. En un instante los niños han desaparecido.

 

     Después, continuamos nuestro camino hacia Imiourghlart. El sendero, ya a la orilla izquierda del Imenane, mantiene su altura mientras el río se hunde cada vez más en el profundo valle, abriéndose paso entre rocas fragmentadas desprendidas de las alturas. Poco a poco el paisaje cambia, al descenso en altitud acompaña una temperatura más suave y, con ella, la aparición de una vegetación bien conocida en nuestro clima mediterráneo: coscoja, sabinas, enebros,...sobre rojizas laderas de gres, en contraposición con las desnudas pendientes de donde salimos. Una última mirada atrás, anterior a una revuelta del camino, nos permite despedirnos de las alturas del Oukaimeden, a cuyos pies hemos pasado la noche anterior.

 

     A medida que avanzamos el valle se amplía, las grandes alturas desaparecen y el clima se torna más benigno. Ello permite mayor disponibilidad de tierras de cultivo, frutales más adelantados en su ciclo vegetativo, viviendas de mejor calidad  constructiva y, en general, mejores condiciones de vida y de disposición del espacio. Es en este poblado, cuyo nombre tal vez fuera Imaskar, donde abandonamos el curso del Imename e iniciamos el cambio que nos llevaría, de nuevo, al valle del Mizane. Para ello debemos remontar y después descen­der una de las aristas del Tanamroot que separa ambos valles en su tramo final.

 

     El valle del Mizane, desde esta altura de la divisoria, se descubre como un vergel entre laderas rojizo violáceas, no muy altas, y  más amplio que a su paso por Imlil, de donde parti­mos, aguas arriba. Imiourglart tiene aquí su asiento: no parece un núcleo conso­lidado, más bien sus casas se dispersan en pequeños núcleos aislados, en uno de ellos, al lado del carril que une Asni con Imlil, y junto al Mizane, que corre aquí extendido, tuvimos nuestro alojamiento: una casa del lugar que, en su exterior, sobre paredes de un descolorido violeta, descendían verdes ramificaciones de enredaderas y otras plantas enraiza­das en su techo, más resul­tado de la pujante naturaleza del lugar que del interés orna­mental de sus dueños. En su inte­rior, un umbral de entrada junto a un peque­ño patio que dis­tribuía a su alrededor varias habitaciones, una de las cuales haría para nosotros de come­dor-dormitorio y otra de cuarto de baño-ducha a juzgar por el tubo de goma conec­tado a un grifo.

 

     Todavía con los últimos rayos solares de la tarde amonto­namos, más que colocamos -por la falta de espacio- en el patio nuestras pertenecías: mochilas, botas, cantimploras, esteri­llas, sacos de dormir, cámaras... y las de los animales de carga: mantas, arreos, albardas...Y mientras algunos de los compañeros se disputaban la única ducha y otros se dirigían a conocer los alrededores, yo me encaminé al Mizane con el propósito de darme un baño, convencido de que reuniría mejores condiciones que el civilizado que se nos ofrecía. Caminando con cuidado entre las peñas y cantos rodados del río, haciendo equilibrios para desvestirme, ante la mirada divertida y curiosa de unos niños y niñas, ya adolescentes, que se aproxi­maron para mejor ver el acontecimiento, me chapucé en sus cristalinas aguas soportando su frialdad cuanto pude. La sensación de bienestar posterior, el abandono del cansancio, la profundidad con que el fresco y puro aire del valle pe­netraba en mis pulmones, fue la mejor recompensa a mis percan­ces.

 

     El hecho de que Imiourghlart se sitúe en el camino de acceso al macizo del Toubkal, desde Marrakech, confiere a esta y otras poblaciones una cierta singularidad nacida del turismo de montaña, aún incipiente. El mercadeo, tan arraigado en El Magreb, hace aquí su aparición en torno a los turistas atraí­dos por sus montañas. Pequeños vendedores aprovechan nuestro descanso en el atardecer y vienen a nuestro encuentro ofre­ciendo sus mercancías: bisutería y plata bereber, ani­llos y pulseras en formas de serpientes enroscadas, collares y joye­ros en piedras semiprecio­sas, magníficos ejemplares de fósiles del Anti-Atlas, como ammonites de gran tamaño y otros pulimen­tados, preciosos minerales de reflejos y matices varia­dos: cuarzo cristalizado, fluorita, piritas, geodas que escon­den en su concavidad  un tesoro de pequeños e irisados crista­les....,todo lo que la capacidad creadora y artesanal de los hombres de estas tierras producen y lo que en sus entrañas  esta violenta naturaleza guarda. Maestros en el arte de ven­der, sacan de sus bolsas un primer artículo invi­tándote a ofrecer un precio. Si no estás dispues­to sacan otro u otro hasta que detectan tu interés. En ese momento si el precio que se le ofrece le es conveniente, sin más cierran el trato, si no es así tratarán de elevarlo o se irán simulando enfado si lo ofrecido es demasiado bajo, para volver más tarde y aceptar tu oferta u otro precio intermedio. Se les puede pagar con dirham u otra moneda, pero tampoco tienen inconveniente en cambiar su mercancía por panta­lones o una camiseta usados. Su acción, por otra parte, es constante por su persistencia con todos los miembros del grupo, salvo los nativos.

 

     El regateo, como forma de venta, nos proporciona un alto grado de regocijo, por nuestra inhabituación, también  por las situaciones cómicas creadas y, tal vez, por la cierta sensa­ción de superioridad de hombres desarrollados. En cualquier caso la esencia de este comercio consiste en que tanto el comprador como el vendedor se sienten satisfechos de la mercancía recibida y del dinero ofrecido a cambio, y la rela­ción comercial cumple su propósito sin deshumanizarse.

 

     En aquella noche, tras la cena, y mientras tomábamos el té, los porteadores que nos acompañaban, posiblemente porque  las condiciones de la casa lo permitían, estuvieron con noso­tros. A la luz de lámparas de gas cantamos, o nos esforzamos en algo parecido, y Hassán nos enseñó a hacer de coro y acom­pañamiento a sus canciones bereberes. Fue divertido y, sobre todo, nos permitió establecer una relación cordial en todo el grupo que antes no se había expresado.


    

TIZI OUSSENT

 

 

 

 

 

     Recién salido el sol, como viene siendo habitual, inicia­mos el recorrido hacia Tizi Oussent. El sendero, que se aleja del Mizane, tiene cierta pendiente. Dejamos a la derecha un pequeño y rojizo poblado que se encrespa en una ladera sobre pitas y chumberas. Las acequias y regueros, frecuentes en Imiourglart, van desapareciendo y la verde vegetación del valle va siendo sustituida por un terreno ocre-rojizo y árido a medida que nos adentramos en el monte. Unas viviendas aisla­das, igualmente rojizas, con una construcción cónica adosada nos llama la atención: es un baño de vapor de agua, un baño turco, según las explicaciones de Omar. Dos mujeres jóvenes que se dejan ver no aciertan a reaccionar ante nuestra presen­cia: risas, ocultamien­to, inseguridad, curiosidad....Tras unas fotografías continuamos nuestro camino ascendente.

 

     Poco a poco, en nuestra ascensión en la dirección suroes­te, que nos acerca de nuevo al macizo montañoso, aparecen ejemplares aislados de enebros, sabinas, coscojas, que se van haciendo densos según remontamos: el bosque mediterráneo, pese a la distancia de su origen, retoma el paisaje cubriendo sus laderas. No conseguimos ver animales que normalmente pueblan este hábitat: el jabalí, el lobo, el gato montés, el cier­vo....El muflón, muy extendido en otras épocas, está práctica­mente extinguido por la presión histórica de su caza. Un poco más, sudorosos por el calor del día, conseguimos alcanzar el collado -"tizi", en bereber- de Tacht: estamos en Tizi Tacht. Omar nos diría que las luchas  por el control de estos pasos, y el de sus propios territorios, han sido frecuentes en las tribus bereberes en épocas anteriores a la colonización francesa.

 

     Desde la altura de Tacht descubrimos un nuevo y sor­pren­dente paisaje distinto al que, hasta ahora, hemos recorri­do: en el horizonte, de nuevo, las nevadas cumbres de la cadena del Toubkal reaparecen en contraste con las fuertes y rojizas pendientes que, manchadas de encinas, se precipitan desde nuestra izquierda. El sendero, en su descenso, bordea la ladera, adaptándose a sus vertientes y ciñéndose a sus aris­tas. Cada revuelta del camino nos descubre una nueva visión de este paisaje singular: naturale­za convulsa en equilibrio tenso; instantánea de rocas y tierras violetas, verduzcas, rojizas,...precipitándose en los abismos; fuerte contraste de colores y sensaciones; pintura modernista, sin matices, de fuerte y grueso trazado. Más adelante, tras una de las revuel­tas y a nuestra derecha, de repente, queda al descubierto el valle del Azzaden y, en su fondo, verdes bancales superpuestos según las curvas de nivel de la montaña, remansos de vegeta­ción escalo­nada, verde reposo de una natura­leza atormentada.

 

     Un grupo de mujeres, bajo la ladera fuertemente rojiza a la derecha de nuestro sendero, se afana en lavar sus ropas; fuerte colorido de vestidos y pañuelos en movimiento sobre el fondo rojo. Una mujer de edad avanzada se acerca al camino con una niña, a la que descubre su cabeza bajando su pañuelo mostrándonos la exudación grasienta de su cuero cabelludo. No tene­mos remedio ni sabemos, siquiera, diagnosti­car la enferme­dad, sin duda controlable con una mínima asis­tencia sanitaria de la cual carecen. Nos consterna esta nueva realidad descu­bierta: una naturaleza, idílica para nosotros, contemplada ahora desde la visión de la otra civilización. 

 

     No sin cierta amargura sobre lo que habíamos visto, proseguimos nuestro camino. Al fondo, sobre una ladera que forma un promontorio elevado antes de precipitarse sobre el río Azzaden, se encuentra Tizi Oussent, final de nuestra etapa: el alminar de su mezquita destaca en una inflexión del terreno sobre el que se extienden, como un gran reptil, sus construc­ciones, confundiéndose con él. Debemos ascender una fuerte pendiente hasta llegar a nuestro alojamiento. Calles estrechas y empinadas, viviendas en piedra y barro, pasadizos que comu­nican el laberin­to, ventanas por donde hombres y mujeres de extrañas vestimentas nos observan, posiblemente con el mismo asombro que nosotros a ellos. Mi sensación es la de la vuelta a un medievo presentido, no vivido, pero  ahora con reales sensaciones que excitan  mis sentidos y sobrecogen mi ánimo.

 

     Gite d'Etape es un alojamiento entre refugio y hotel. Construido en piedra, en dos plantas, disponemos de habitacio­nes con camas, salón para comer, duchas y lavabos colectivos. Algo desacostumbrado para nosotros desde el inicio de la expedición. Posee, además, en su parte superior, de una amplia azotea desde donde se domina buena parte del pueblo y al profundo y ruidoso Azzaden. A lo largo del mismo, y al de sus bifurcaciones en la montaña, se extienden las - en esta época del año- leñosas y grisáceas copas de los nogales, en total continuidad. Más allá, las montañas que delimitan el valle y más al fondo, aún, las blanquísimas alturas de la cadena: meseta de Tazaghart, Aguelzi­me, Toubkal, Ad Adj....

 

     Después de la comida, tras un descanso, un grupo de nosotros decide seguir descubriendo los alrededores. Bajando al valle, nos impresionó grandemente el ver una mujer, ya entrada en años, físicamente doblada bajo un pesado fardo de paja, caminando fatigosamente con los pies sumergidos en las frías aguas de una acequia. Ello no debería ser extraordinario en aquellos lugares cuando más adelante, ya al atardecer, aden­trados en altura por una vertiente secundaria, un grupo de mujeres -dos adultas y varias niñas- apareció ante nosotros cargadas, todas ellas, de pesados haces de leña sobre sus espaldas y arreando a dos o tres vacas, de vuelta a sus hoga­res. No hay prácticamente posibili­dad de comunicación: el bereber debe ser su único idioma. Conseguimos hacerles unas "fotos" después de que nos solicita­ran unos dirhams a cambio. La belleza e ingenuidad de los rostros de estas niñas, el colorido de las imágenes, contrasta grandemente con la dureza de sus vidas, con la resignación que les aporta su cultura. No sé si tienen otra legitimidad nues­tras fotos que no sean para la denuncia.


 

AROUMD

    

 

 

 

 

     Temprano, como de costumbre, abandonamos Tizi Oussent no sin antes haber desayunado al modo europeo - es decir, café con leche, rebanadas de pan, galletas, mermelada, etc.- prepa­ra­do por nuestros porteadores. Ellos, sin duda, han aportado, además del trabajo contratado, su calidad humana durante nuestra estancia en el Atlas: su trato amable, sus bromas e interacciones festivas con el grupo han hecho sentirnos cómo­dos en unos pueblos extraños para nosotros. Los bereber­es de estos parajes son hospitalarios y acogedores con los suyos y con los extranjeros que, como nosotros, nos adentramos en sus valles y la seguridad que aquéllos nos brindaban tal vez no hubiera sido necesaria. Ellos, sin embargo, nos han abierto su mundo y facilitado el encuentro con su cultura tal vez no tan lejana de la de nuestros antepasa­dos.

 

     El itinerario emprendido consistía en remontar el collado que nos separaba de Imlil, hasta alcanzar esta población, a partir de la cual nos adentraríamos en el macizo del Toubkal, siguiendo de cerca, aguas arriba, el curso del Mizane hasta llegar a la población de Aroumd, a los mismos pies del gigan­te.

 

     Dejamos atrás Tizi Oussent y sus últimas casas, con la presencia siempre de algunos niños que venían a nuestro en­cuentro esperando algo de nosotros. El terreno es muy árido y rocoso en cuanto nos separamos del valle. Nos dirigimos, ascendiendo por un estrecho sendero, a media ladera, a veces de pedriza, por lo que hemos de guardar mucho tiento a su paso, hacia el collado de Tizi Mzic, a dos mil quinientos metros de altitud. El sendero repta por la cara norte del Ad Adj - 3.129 m.-, de blanco resplandeciente en sus cumbres y laderas violáceas, de trazos deslizantes. Los porteadores, sobre sus mulos, han decidido ascender por un carril más amplio y seguro que el nuestro -también más largo- para los animales. A lo lejos los vemos ascender sobre una gran loma, confundidos entre los enebros. Más tarde, sudorosos por la ascensión, próximos a alcanzar el collado, oímos las canciones de los porteadores en la lejanía, en su aproximación.

 

     Tizi Mzic, en su cima, adopta la forma de una gigantesca silla de montar entre las cumbres que lo determinan -el Djebel Ad Adj y el Djebel Iasconimout-, hasta donde llegan las últi­mas y oblicuas trazas de la nieve de sus cumbres. Al otro lado, en la profundidad, aparece Imlil, en el verdor de su valle. El lugar, tras el esfuerzo de la ascensión, es aprove­chado para el descanso, los recuerdos fotográficos y la con­templación de un limpio y frío paisaje, de aire cristalino, de sabinas de troncos retorcidos, escasos supervivientes de estas áridas alturas.

 

     Poco después, a medio camino del descenso, paramos para almorzar y descansar junto a un arroyo que se precipita del deshielo sobre fondos empedrados: ensalada, sardinas en acei­te, fruta y té -como casi siempre que almorzamos en ruta- se distribuyen sobre improvisado mantel de plástico tejido, sobre el suelo. Nuestros porteadores, mientras tanto, comparten comida y el ceremonioso té con paisanos con los que nos hemos cruzado.

 

     Más tarde continuamos descendiendo hasta Imlil, origen de nuestro itinerario, al que reconocemos desde otra perspectiva. Los cursos de agua se hacen más abundantes y el arbolado, en sus proximidades, más denso a medida que nos  acercamos. Aparecen, también, viviendas de mejor calidad, construidas con  materiales más resistentes o nunca usados allí, que rompen con las tradi­cionales de la región y descubrimos, con alguna frecuencia, salpicadas, las nuevas obras. Son el efecto de la nueva econo­mía surgida del turismo de montaña en una población base para todas las expediciones al Toubkal.

      

     Tras comprar en algunas tiendas lo necesario de entre sus escasas existencias iniciamos, aguas arriba, el ascenso hacia Aroumd. Lo hacemos por un sendero tortuoso siguiendo, aunque no cerradamente, el curso del Mizane cuyas limpias y gélidas aguas provienen de las alturas del gran macizo montañoso. La vegetación que lo cubre en su tramo inicial, boscosa, de suelos húmedos y umbríos por su orientación norte, proporciona a su aire un frescor y fragancia  de plantas aromáticas que nues­tros pulmones agradecen.

 

     Más a lo alto, sobre un promontorio de una ladera del Tamadot que se precipita rocosa y térrea sobre el Mizane, rodeado de altos picos nevados que sobrepasan los tres mil, incluso se acercan a los cuatro mil metros, se sostiene Aroum­d, fin de nuestra jornada. De nuevo un albergue Gite d'Etape nos acoge.


 

NELTNER

 

 

 

 

 

     Aroumd, a unos dos mil metros sobre el nivel del mar, es la última población de aproximación al Toubkal. Situada domi­nando el valle del Mizane que, en este lugar, adopta la forma de un abanico de deyección, recogiendo las aguas y los mate­riales arrastrados de las grandes cumbres que lo rodean, proporciona un lugar de contemplación y disfrute de la natura­leza, por lo menos, singular.

 

     Tras unas tormentosas tarde y noche de lluvia, que nos hace temer por nuestro itinerario del siguiente día, amanece radiante de sol. Nada más levantarnos, corremos a la terraza del albergue para contemplar el espectáculo que se desvelaba: la visión, casi al alcance de la mano, del circo de las cum­bres montañosas cubiertas de nieve, Ad Adj, Aguelzim, Tazag­hart, Toubkal, Tickki, Tama­dot.....es tan imponente y hermosa que tenemos dificultad en dejar de contemplarla, hasta el punto de que el desayuno, a pesar del frío de la mañana, lo tomamos allí.

 

     De las posibilidades que aquel día nos ofrece Omar para realizar adoptamos la que, en principio, tenía más acuerdo en el grupo y ésta fue la ascensión al refugio Neltner, situado  a 3.267 m. sobre el nivel del mar, lugar necesario para alcan­zar el Toubkal, novecientos metros aún por encima. La elección como veríamos, mereció la pena, y hacia ella nos dirigimos a primeras horas de la mañana.

 

     Tras descender al valle, que aquí adopta una forma llana, resultado de la sedimentación de los materiales arrastrados por el Mizane o precipitados desde las alturas -tierras y rocas redondeadas y fragmentadas-, dejamos a nuestra derecha el sendero que permite la ascensión al Ad Adj y al Aguelzim que delimitan nuestro camino. Ascendemos por el nuestro, a través de un paisaje de grandes y amenazantes rocas negras sobre profundas angosturas serpenteantes por donde se precipi­tan, frías y poderosas, las aguas del Mizane.

 

     Nuestra ascensión se hace lenta; nos maravilla y aturde, simultáneamente, tanta grandiosidad y fuerza desplegadas por la Naturaleza: gigantescas paredes rocosas verticales, pica­chos innacesibles, rumor ensordecedor del agua, blanca y espumean­te, en continuo combate con la dura orografía.

 

     A medida que nos elevamos redescubrimos nuevos paisajes algunos de gran belleza, resultado de las múltiples combina­ciones de los mismos elementos naturales intervinientes, siempre en movimiento: rocas, agua, nieve y cielo. Me viene entonces en mente par interpretar mis sensaciones  el núcleo de la filosofía del griego Heráclito: el todo cambia nada permanece.

 

     La ascensión nos anima, la montaña nos hace copartícipes de su dominio a medida  que nuestra visión, desde la altura conquistada, amplía su horizonte y nuevos paisajes, antes ocultos, se nos muestran.

 

     Llegamos a Chamharouch, donde se sitúa un morabito, lugar sagrado para los musulmanes, en el que bajo una gran roca encalada de la que emerge una bandera marroquí, al lado de un curso de agua, se encuentra enterrado un santo. Por un puente­cito un grupo de mujeres de multicolores vestidos salen de realizar sus oraciones y se dirigen a unas de las pocas y pobres casas del lugar adaptadas a la recogida de los peregri­nos que, según Omar, vienen de todo el país. A nosotros, los infieles, no nos es permitido acercarnos a la tumba.

 

     Desde este punto el ascenso se hace más pronunciado y las oscuras rocas, de tintes verduzcos, ocres o violáceos que acompañan nuestra subida, aparecen, ya, cubiertas de nieve: escasa y aborregada, en un principio; con espesura y continui­dad, un poco más adelante. Seguimos un sendero, o lo que adivinamos que lo fuera, por las huellas dejadas por anterio­res montañeros, a media ladera de un blanquísimo valle ascen­dente, de fondo redondeado y paredes que se elevan hasta las cumbres. Por lo más hondo del mismo  se adivina el discurrir del Mizane, cubierto ahora de nieve,  que, en ocasiones, aflora ruidosamente bajo el oscuro hueco abierto en la blancu­ra.

 

     El sol radiante de la mañana ha desaparecido; las nie­blas, que se han ido formando entre los picachos en el trans­curso de la mañana, giran y evolucionan a su alrededor, as­cienden o descienden en una danza de gigantes, ocultando nuestras vistas o se desga­rran desvelando retazos azules de cielo o de aristas montaño­sas. A medida que ascendemos, el valle por el que avanzamos se hace menos pro­fundo, semejando el fondo de una blanquísima, inmensa y petri­ficada  ola de la que, lateralmen­te, a uno y otro lado, emer­gen entre la nieve, negras, las últimas cum­bres.

 

     Próximos, ya, al collado que accedería a la cara sur del macizo, con nieve hasta las rodillas y el grupo muy separado por el esfuerzo, entre la alta meseta de Tazaghart y la cumbre del Toubkal, aparece, sobre el fondo blanco de la nieve, el refu­gio Neltner. Es el final de un esfuerzo recompensado amplia­mente por la belleza de la naturaleza descubierta.

 

     De pequeñas dimensiones, construido en piedra y cubierta fuerte­mente inclinada, el refugio nos recuerda a las edifica­ciones centro­europeas. También sus ocupantes, en este caso -franceses y alemanes en su mayoría- por la realidad concordan­te. Allí almorzamos y nos repusimos de la sed, del cansancio y del frío acumulados. El té azucarado con hierbabuena, como lo preparó Hassán, es, en estos casos, de inmejorables resulta­dos.

 

     La subida al Toubkal, tras pasar la noche en el refugio, hubiera sido, al menos para mí, lo deseable. No estaba así planificado por el grupo ni, tampoco, teníamos el equipamiento conveniente, y a ello me acomodé. Me quedó enton­ces este reto y espero algún día poder cumplirlo.

 

     Tras unas fotos de recuerdo ante el refugio iniciamos el descenso por el mismo sendero. Continuamos entonces gozando del grandioso espectáculo que nos ofrecía la Naturaleza, ahora, desde otra perspectiva. A nuestro paso por Chamharouch, y después de tomarnos un té en un mísero chamizo del santua­rio, Omar nos cuenta las leyendas que envuelven el lugar sobre tesoros escondidos, no sé  si por el santo venerado, destina­dos a ser descubiertos sólo por la fieles firmemente creyentes  y virtuo­sos: el Paraíso anticipado en la Tierra.

 

     La noche aquella en el albergue, Gite D'Etape, de Aroumd fue especial por ser la última de nuestra estancia en aquellos parajes. Lahcen, con quien habíamos contratado la travesía, nos había preparado una fiesta de despedida. Después de una cena más abundante y delicada de lo habitual -harira, cuscús,  dulces de harina de almendra y miel que me recuerdan a nues­tros mazapanes- acompañada de vino marroquí, presenciamos los cánti­cos y bailes berebe­res que nos ofrecieron un grupo de mujeres y hombres jóvenes del lugar. Ellas, muy jóvenes, vestidas con caftanes de colores intensos, y adornadas de collares, pendien­tes y abalorios de orfebrería bereber, se sentaron alineadas frente a otro grupo de hombres, sin indu­mentaria especial que, también sentados, tocaban los instru­mentos de percusión y de cuerda. En la ejecución de las can­ciones, muy rítmicas y moduladas, alterna­ban las agudas voces femeninas  con las más graves de los hombres en una especie de juego conversatorio e incitante. Omar nos expli­caría que las letras eran de contenido amoroso y comprendimos mejor aquel juego y aquellos sonrientes y cómpli­ces rostros. Su musicali­dad y ritmo me parecieron de influen­cias sub-saha­rianas, aunque tal vez ello no tenga fundamento. En cual­quier caso denotaban una clara diferencia­ción de la más septentrio­nal y mediterránea. Sea como fuere, quedamos  muy impresio­nados y agradecidos al grupo por la exhibición ante nosotros de sus tradiciones musicales que, al decir de algu­na autori­dad, constituyen el alma de los pueblos, posiblemente por el modo de expresión de los sentimientos de la colectividad a la que pertenecen y a su evanescencia.


 

                       Marraquech (1)

 

 

 

 

 

     El último día de nuestra estancia en el Atlas fue prácti­camente de descanso. Tal vez por el cansancio del día ante­rior, o bien por la limitación de tiempo necesario para nues­tro regreso a Marraquech, nos limitamos a dar algún paseo por los alrededores de Aroumd sin nada más destacable que señalar que los inmensos terraplenes, grisáceos y parduzcos de tierras y rocas descompues­tas derramados desde las alturas. El día nublado impedía, por otro lado, la visión de las cumbres coronadas de nieblas que descendían y evolucionaban en sus laderas. Ello contribuyó a dar un carácter más nostálgico a aquel día.

 

     Después de comer en el albergue, recogimos nuestras pertenencias que, como siempre, se distribuyeron entre las que debían transportar los animales y las que trasladaríamos en nuestras espaldas. Comenzó a llover, y bajo nuestros impermea­bles plastificados, protegiendo nuestras cabezas de la lluvia, iniciamos el descenso, en fila, por el valle del Mizane a lo largo de un sendero que nos condujo a un puente que, sin baranda, salvaba el río del mismo nombre. Desde aquí, utili­zando un carril más transitable en la lluvia, llegamos en escaso tiempo a Imlil, al mismo hostal que nos había servido de alojamiento el día de nuestra llegada. Allí fue nuestra despedida de las personas que nos habían acompañado en nuestro recorrido: de Omar, nuestro guía, con el que trabé mayor amistad por  la mayor facilidad de comunicación con él, a través del fran­cés, y al que debemos la interpretación de todo lo que, a nuestros ojos, llamaba la atención de sus costumbres o de cualquier accidente geográfico; y de los por­teadores, con los que habíamos congeniado a lo largo de estos días, a los que expresamos con gestos nuestro agradeci­miento al no tener un idioma común de comunicación. Sus rostros sonrientes y sus pocas palabras de español - "agua de Bilbao", de Hassán- nos trasmitieron a su vez el suyo.

 

     Sobre una camioneta cubierta de plásticos, a modo de toldo, para protegernos de la intensa lluvia que entonces caía, entre adioses a nuestros anfitriones, iniciamos el camino de regreso, aún pensativo sobre las extrañas condicio­nes de la vida que permiten la relación y estima de los seres humanos a los que, probablemente, jamás volverás a encontrar. Pero también sobre el papel compensador que la propia vida nos proporciona a través de la maravilla que son los recuerdos o de los mecanismos que el hombre ha inventado para su refuerzo, para que no mueran del todo: la grabación de las imágenes o de los sonidos y, sobre todo, de la escritura que, con más o menos acierto, trata de fijar nuestras propias impresiones, de lo visto y oído, y darles perdurabilidad.

 

     La camioneta nos condujo hasta Asni donde, siguiendo el proceso inverso a nuestra llegada, tomamos dos taxis, previa­mente concertados por Lahcen, que nos llevarían a Marraquech.

 

     ¡Y, de nuevo, Marraquech! Situada sobre un desierto, en sus alrededores surge la vida en forma de bosques de palme­ras que aprovechan los cauces del deshielo del Atlas. La ciudad se extiende rojiza, rodeada de murallas térreas y almenadas del mismo color, con edificaciones de escasa altura entre las que proliferan los verdes jardines, las esbeltas palmeras y, en esta época, el olor de azahar  de sus naranjos florecidos que el aire tibio expande. Pronto, atravesando con dificultad sus populosas calles del centro, llegamos al hotel ya conocido por nosotros a nuestra llegada.

 

     El hotel Alí no es un gran hotel pero reúne las condicio­nes de limpieza y comodidad que, después de nuestro periplo, nos parece una maravilla. Aseados, con ropa limpia y sin la carga perpetua de nuestras mochilas nos sentimos extraños, casi ingrávidos, en nuestros desplazamientos. Aquella tarde cenamos en el hotel, en la cafetería o restaurante que, situa­do en su planta baja, es, de por sí, un espectáculo de gentes en movimien­to o sentadas sobre cojines alrededor bajas mesas redondas en animada conversación, mientras un músico de edad avanzada y vestuario bereber, ajeno al ajetreo, obtiene de su instrumento primitivo de cuerda y arco, sonoras y extra­ñas armonías que envuelven el ambiente de aire oriental. Nos estamos reconciliando con la civilización y ésta  se nos aparece, ahora, cómoda y placentera.

 

     El hotel se encuentra situado muy próximo a la céntrica plaza de la Jeema el Fna y, una vez satisfecho nuestro necesa­rio sustento, algo nos impulsa, a pesar del día lluvio­so, a pasear por la misma. Esta plaza es el centro social por exce­lencia de Marraquech, antesala de la medina donde se desarro­lla la vida comercial de la ciudad. Su fuerte magnetis­mo posible­mente estribe en la gran acumulación de personas de diferente condición social, origen, vestimenta, raza, intere­ses.....en continuo movimiento alrededor de todo lo que se ofrece disper­so a la curiosidad del viandante, nativo o ex­tranjero, por su gran explanada. En cualquier lugar de la plaza aparecen corros de espectadores alrededor de un narrador de cuentos para niños o adultos, de músicos de cualquier rincón del reino, de encan­tadores de serpientes atentos a la llegada de turistas, de cómicos intérpre­tes de cortas repre­sentaciones teatrales, de equilibristas, de artistas espontá­neos, en definitiva, cuyos socios de espectáculo sólo solici­tan algunos dirhams  a los concurrentes durante su representa­ción. Y junto a los que estimulan la fantasía, los que atien­den a las necesidades más materiales de la concurrencia: los puestos humeantes de asados de carnes de cordero o de cabrito, con rústicos bancos alrede­dor, los de frutas, los de dátiles en rama, los de apiladas almendras, los de aceitunas....; o los de ornato: de pañuelos, de bisutería, de perfumería...; todo cabe, incluida la venta de animales en cautividad: palo­mas inquietas en jaulas de madera, tortugas asustadizas, lentísimos camaleones de mirada excéntrica. Todo un flujo y reflujo humano  y vario­pinto entre voces, música arábigo-bereber y oleadas de humo de las brasas de los asados.

 

     Del siguiente día, sábado, disponíamos de todas las horas de luz para seguir descubriendo la ciudad pues, finalmente, terminaba nuestra  estancia y al anochecer deberíamos  tomar el tren de regreso. Volvimos al hotel para descansar.


                             

                        Marraquech (2)

 

 

 

 

 

     Marraquech, en la mañana soleada, se mostraba más esplen­dorosa y acogedora que la noche anterior. Nos dirigimos, enseguida, hacia la medina o antigua ciudad árabe que sigue siendo un referente imprescindible de la ciudad. Nos acompaña­ba desde el hotel, no sé porqué extraños vericuetos, un guía de los muchos que abundan, lo que si, en principio, es aconse­jable  lo es mucho más para el visitante dejar las condiciones claras desde el principio. Ello evitaría situaciones tensas posteriores como las que vivimos.

    

     Limítrofe con la Jeema el Fna, más tranquila a esta hora, la medina se muestra enseguida como un laberinto de callejue­las, a veces entoldadas, en las que la práctica totalidad de los portales, y sus interiores, son comercios, de puertas abiertas, rebosantes de mercancías hasta el exterior o son pequeños talleres artesanales con trabajadores, a la vista de todos, dedicados a sus tareas. Numerosas personas, que aumen­tan al avanzar el día, se mueven por el laberinto sombreado, interesados o curiosos; a veces hay que dejar pasar a algún ciclista que advierte con su timbre su presencia o a algún burro y sus alforjas que, fijo en su camino, no entienden de estrecheces. Los comerciantes, muy activos, animan a los turistas a que visiten el interior de sus tiendas de mercan­cías artesanales: cuidadas realizaciones en cuero teñido y repujado; esmerados trabajos de cofrecillos en olorosas made­ras; preciosas joyas en plata, coral o ámbar; relucientes bandejas de cobre decoradas a mano; teteras orientales; traba­jos en sedas; bordados; encajes; cerámica....un sinfín de productos de la tradición e imaginación secular del pueblo magrebí. A veces, incluso, le invitan a tomar un té mientras le muestran, desplegándolas, magníficas alfombras por las que le solicitan un alto precio para iniciar el regateo: no hay que preocuparse, se puede llegar a pagar menos de la mitad solicitada. Es el juego de la compra venta, continuamente repetido.

 

     Vagando por sus callejuelas, aturdido por tantos estímu­los, visuales y olfativos -porque la medina genera su particu­lar olor, de mezclas indescifrables- no puedes dejar de repa­rar en los rostros de las personas con las que te cruzas y de su atuendo. Pueblo mediterráneo, a medio camino entre la islamiza­ción profunda y la tendencia a la europeización de sus costumbres y fuertemen­te desgarrado en su condición social. Rostros de ancianos enjutos, absortos, casi idos de cuanto pasa a su alrededor, mudos, en cualquier rincón, su mano tendida solicitan­do una limosna, constituyen la cara amarga de esta civilización.

 

     Llegamos, en pleno corazón de la medina, a la medersa Ben Yussef, un magnífico edificio del siglo XVI de nuestra era, dedicado en su tiempo a los estudios superiores coránicos, pues a esta función designa la palabra medersa. El paseo por su patio cuadrangular, en el que se sitúa una fuente de las abluciones, y los bellos arcos y ventanales arábigos en madera y estuco, que lo delimitan, constituyen un relajo para nuestra mente en un espacio que invita a la paz y el sosiego. En las plantas superiores visitamos las pequeñas y blanqueadas celdas de los estudiantes, hoy deshabita­das, y a mi mente acuden los parale­lismos con la educación religiosa cristiana.

 

     Próximo a este lugar y, entre lo sorprendente que una medina puede ofrecer deambulando por sus callejas, nos encon­tramos con una especie de farmacia naturalista. Atraídos por lo allí expuesto nos entretuvimos en examinarlo: envasados en frascos de cristales transparentes numerosas especies vegetales, sus raíces, bulbos, hojas, flores o semillas; animales tales como lagartos, culebras y otros que no sé o no recuerdo, o sus partes disecados; sales y minerales de brillos cristalinos de todo tipo. Sólo nos faltaba la ciencia o la creencia en las virtudes curativas de tantas manifestaciones naturales de los tres reinos.

 

     Cansados de deambular, ya al mediodía, decidimos comer en un restaurante de la medina al que nos llevó el guía. No era bueno pero ello sería lo de menos si no fuera por la situación que aquél nos creó. Al mismo se le habían agregado, y por tanto había que suponer que al grupo, otros dos jóvenes con los que nada habíamos concertado, en nuestro callejear por aquellos parajes. La pretensión del primero de cobrar e irse dejando a los sustitu­tos no la aceptamos y menos las cantida­des exigidas para el conjunto, muy superiores a las previstas. Ello nos provocó tensiones y disgustos que tuvimos que afron­tar. Poco después salimos de la medina a otros espa­cios y ambientes que deseábamos conocer antes de abandonar la ciudad.

 

     En el centro histórico, pero ya en su parte perimetral, próxima a la plaza de la Jeema y situada al lado de una amplia avenida, de construcción moderna y entre zonas ajardinadas, se levanta una torre singular y representativa de Marraquech, es la torre o alminar de la Koutoubia. En piedra rojiza, dominan­do la ciudad, lo atractivo para nosotros, además de su belleza arquitectónica, es su parentesco con la de Hassán, en Rabat, y la de la Giralda, en Sevilla. Las tres fueron construcciones almohades del siglo XII, el movimiento ortodoxo político-religioso de la época, originario del Magreb y extendido hasta Al Andalus, y las tres guardan una gran semejanza. De alguna forma ello me refuerza la sensación siempre sentida durante mi estancia en este país, la de una gran aproximación cultural con nosotros, en el sentido amplio del término, a la vez que una gran lejanía, y tal vez sea la fe religiosa la causan­te de tan drástica separación. En los jardines de sus alrede­dores, durante la primavera, los estudiantes, paseando, prepa­ran sus exámenes. 

    

     No nos quedaba mucho tiempo y Marraquech ofrecía aún bastantes lugares de interés para visitar: el palacio de Dar Si Saïd, tumbas de los Saadianos, jardines del Aguedal y de la Menara....Nos dirigimos, tal vez por el sonoro nombre, al Palacio Bahia, en la zona sur de la medina y al lado de mellah o barrio judío. Antes de llegar a él anduvimos a lo largo de  calles o avenidas de circulación intensa que hacen  ostensi­bles la occidentalización de la ciudad. El palacio, construido por un gran visir, es visitable salvo que algún miembro de la actual familia real esté presente, que dispone de éste y otros varios en otras tantas ciudades del reino. Reúne las caracte­rísticas constructivas de la arquitectura arábigo-marroquí monumental: grandes arcos de herradura, estucado y artesonado de techos y un refrescante y amplio jardín. Lo más interesan­te, a juzgar por las explicaciones del guía palaciego, sería el harén constituido por un hermoso patio al que dan acceso cuatro habitaciones de cada una de las cuatro esposas legíti­mas del gran visir, y las habitaciones de la favorita, separa­das del resto.

 

     Tarde ya, callejeando por la populosa ciudad, envueltos aún en la fantasía oriental que acabábamos de abandonar, nos dirigimos hacia el hotel para recoger nuestro equipaje. Lahcen estaba allí y nos alegró: por un momento llegué a pensar que comenzábamos de nuevo el periplo de la semana anterior; pronto caí en que no, que venía a despedirse de nosotros y muy ama­blemente nos ayudó a encontrar dos taxis que nos condujeran a la estación de ferrocarril.        

 

     El tren penetró en la oscura noche. Todo, salvo los recuerdos, había terminado.... Amaneceríamos, horas después, en Tánger. El paso del Estrecho, en momentos de temporal, sería otra historia.

 

 

                           Jerez de Frontera, marzo de 1997.

   

   

   
FEDME FAM
   

   
© CLUB SIERRA DEL PINAR :: RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS :: INSCRITO EN EL REGISTRO ANDALUZ DE ENTIDADES DEPORTIVAS